El conspirador, autobiografía de un hombre público : novela político social

- 99 - dilgaban largos discursos y peroraciones, manifes– tándome ser yo el hombre más min nte de cuantos en la política de esa época figuraban, ó pretendían figurar, y por ende ofrecíanme sus servicios, y si necesario fuera, hasta sus vidas y haciendas. Yo me dejaba h~lagar y mimar, por aquellos mis entusiastas partidarios, y considerándoles muy adic– tos á mi persona, miraba complacido el grandioso porvenir que la suerte me deparaba, sintiéndome duL cemente arrullado, por el hálito embriagador que se llama au,ra pop1elar. Cuando salí del ministerio, podía decir que tenía mi partido casi ya formado. Hasta entónces, mi popularidad había estado sujeta á las intermitencias de las opinicnes que aún no están definitivamente fijadas. Una feliz coincidencia vino á dar impulso y homogeneidad á las agrupaciones que aún fluctua– ban, sin adherencias á otros partidos. El Conspirador, aquel jefe de partido que por tan– tos años había sido el prestigioso caudillo á cuya voz se levantaban los pueblos y subvertían el órden público, había muerto; y con la muerte de este mi antiguo amigo, quedé yo con el campo libre para seguir, n6 la malhadada senda por él trazada, sino la que yo esperaba que el destino me brindaría. Desde el punto, y hora, que principié á tener partidarios, el Conspirador debía convertirse en mi rival. La

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