El aprendizaje de la libertad

En el sur la guerra tuvo como motor las rivalidades entre las élites de Lima, Cusco y Arequipa y el proyecto de recuperar la unidad entre el sur peruano y el Alto Perú, que la creación de la república de Bolivia había quebrado. Siguiendo los planteamientos del historiador norteamericano Paul Gootenberg y de la historiadora peruana Susana Aldana, podríamos decir que económicamente en ese momento había dos Perú: uno conformado por la costa norte y central, aproximadamente desde Pisco hacia el norte, constituido asimismo por la sierra norte y central, y otro, por la sierra y la costa sur. El primero, al que podríamos llamar el Perú del norte, tenía como producciones fuertes la minería de la plata en los asientos de Pasco, Quiruvilca, Pallasca y Hualgayoc, y la agricultura de caña de azúcar y algodón en la llamada «región de valles», en Lambayeque, Chicama, Santa, y en los oasis costeros de Barranca, Lima, Cañete y Chincha. Su mercado más importante para la producción agrícola era Chile, país con el que se comunicaba fácilmente por vía marítima. Los barcos que transportaban el azúcar, algodón y algo de tabaco y café hacia Valparaíso traían de regreso trigo, sebo, y mulas y caballos para el transporte. El Perú del sur encontraba más problemas para hacer viable su economía. Su producto fuerte era el aguardiente, una bebida alcohólica cuyo mercado había crecido enormemente entre los indios a lo largo del siglo XVIII y era muy apreciada en los asientos mineros del Alto Perú; así como la coca y telas bastas producidas en los obrajes de la región del Cusco, cuya salida eran también las plazas mineras del Alto Perú. El Perú del norte se inclinaba comercialmente hacia Chile, y también un poco hacia Guayaquil y la costa colombiana, donde las menestras y los cereales de la zona de valles también hallaban salida; mientras que para el Perú del sur era la conexión con Bolivia la que resultaba fundamental. Los agricultores del sur debieron enfrentar la competencia de los productores del norte argentino, que comenzaron a introducir telas y bebidas de otras procedencias, lo cual amenazaba con descalabrar el mercado constituido desde el siglo XVIII. El proyecto del caudillo boliviano Andrés de Santa Cruz para reunificar lo que el ejército bolivariano había separado sonó grato a los oídos de las élites de Arequipa y el Cusco. El caudillo cuzqueño Agustín Gamarra había intentado ya en 1828, cuando todavía no era presidente de la república, anexar Bolivia al Perú, para lo cual se valió de intrigas contra el gobierno de Sucre en La Paz, pero no había logrado llegar a un acuerdo con la élite paceña, quien vio en él a un despótico conquistador peruano antes que a un benévolo aliado sur andino. Santa 68

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