sudamericanas. La corriente libertadora del norte, dirigida por Simón Bolívar, llegó a Guayaquil antes que la del sur, dirigida por José de San Martín, y con ello sancionó la incorporación de este puerto sobre el océano Pacífico a la naciente república de la Gran Colombia. El ejército de San Martín, en cambio, no pudo completar la independencia del Perú, por la fuerte resistencia de los realistas en toda la región del sur, que incluía a la Audiencia de Charcas (también llamada el Alto Perú), en la que los patriotas de Buenos Aires no habían conseguido ingresar, por la oposición planteada ahí por el virrey del Perú. Sería el ejército de Bolívar quien completaría la independencia peruana, como vimos en el capítulo anterior. Este mismo ejército, comandado por Antonio José de Sucre, fue quien ingresó a Charcas y derrotó ahí al ejército realista de Olañeta, con lo cual sumó a esta región al territorio liberado de América del Sur. El hecho de que no hubiese sido un ejército peruano quien completara la tarea iniciada por San Martín y liberara a Charcas privó al Perú del control de esta región. De la misma manera que, si su independencia hubiese sido conseguida por un ejército rioplatense, seguramente habría quedado anexada a la república hoy argentina. Su destino quedó ahora en manos del ejército bolivariano. Tensionado este por las pretensiones, tanto de Buenos Aires, como de Lima, por recuperar su control sobre Charcas, y escuchando las demandas de autonomía de un sector de los propios charqueños, optó por hacer de esta región una nueva república, a la que, en honor a su jefe, bautizaron como Bolivia. Una situación similar ocurrió en el norte. A la muerte de Bolívar, en 1830, la Gran Colombia no pudo mantener la unidad de un inmenso territorio que miraba hacia los dos océanos y se partió en tres repúblicas. La del sur dio lugar a la de Ecuador, con la que el Perú mantendría durante los siglos XIX y XX varias tensiones derivadas de la insuficiente demarcación territorial. Las rivalidades entre los caudillos, que pasaban más horas montados sobre el caballo que sentados en su despacho de gobierno, fueron también motivo para frecuentes guerras entre las jóvenes repúblicas. Bastaba que un caudillo derrotado o rival hubiese encontrado asilo, o cualquier otro tipo de apoyo, en la república vecina, para que esto fuese tomado como casus belli (motivo de guerra) por la otra. Entre 1826 y 1842 el Perú se vio sacudido por varias de estas guerras en la que los caudillos, apoyados en ocasiones por colegas de los países vecinos con quienes habían pactado alianzas, dirimían superioridades, o en las que se ventilaron diferendos 66
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