La comunicación entre las pocas ciudades era lenta y tortuosa. El único «camino carretero» (o sea, apto para vehículos de ruedas) era el de doce kilómetros que comunicaba Lima con el puerto del Callao, construido durante el virreinato de Ambrosio O’Higgins. Los demás caminos eran de herradura (o sea, aptos solo para animales), lo que volvía los viajes lentos y fatigosos. Transportarse de Lima a Jauja (una distancia de trescientos kilómetros) podía tomar unos diez días, si no se iba muy cargado. Como estos viajes eran sumamente escasos, ni el alojamiento nocturno ni la alimentación estaban bien provistos. Con suerte podía pernoctarse en las chozas mal abrigadas de los indios, pero en ocasiones no cabía más que arrimarse junto a los animales en una tienda montada a la vera del camino. Las impresiones que dejó la viajera francesa de padre peruano, Flora Tristán, de su aventura en el Perú entre los años de 1833-1834 en su libro Peregrinaciones de una paria, pueden transmitirnos una idea de las condiciones en que se viajaba en el Perú de aquellos tiempos, especialmente cuando narra su periplo a través del desierto que separaba el puerto de Islay de la ciudad de Arequipa. Y aún entonces habría que tomar en cuenta que, como mujer blanca y europea, ella debió contar con unas comodidades superiores al promedio. Como dijimos, el Perú era por entonces un país esencialmente rural. El 60% de la población lo componían los indios que vivían en las comunidades y haciendas del interior. Los mestizos, resultado del cruce entre españoles e indias, suponían cerca de un 25%, y los blancos o, como se decía por entonces, la «raza española», un 10% o poco más. El pequeño porcentaje restante (alrededor de un 4%) estaba compuesto de negros, zambos y mulatos. La «raza» era un elemento determinante de la vida de una persona, puesto que predeterminaba el rango social y las ocupaciones a los que podía aspirar. Los indios eran agricultores y pastores, ya fuera como pequeños propietarios independientes en las comunidades, o como yanaconas o peones en las haciendas de los blancos y mestizos. También se desenvolvían como operarios en las minas y como sirvientes o «pongos» en las residencias de la élite. Con alguna suerte podían aspirar a ser artesanos o arrieros, pero estas eran, más bien, ocupaciones propias de los mestizos, quienes se desempeñaban, además, como comerciantes de pequeña escala y como militares y burócratas del escalafón inferior (por ejemplo, recaudaban tributos en el interior, lo que en varias ocasiones probó ser un oficio de bastante riesgo). 52
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