algunas semanas. Solo la falta de una escuadra por parte de los realistas impidió una derrota mayor. En medio de este clima, en el cual la economía de Lima languidecía por la misma situación de incertidumbre y guerra, la élite peruana se dividió en varios partidos: unos apostaban por llamar a Bolívar para que salvase la causa de la independencia; otros, por procurar un arreglo con el virrey, para conseguir una suerte de soberanía moderada, en que el Perú pudiese manejarse con cierta autonomía, pero sin cortar todavía los lazos con la madre patria. No faltaban los voluntariosos que pensaban que se podía conquistar la independencia sin necesidad de importar ejércitos extranjeros, que podían luego hipotecar el futuro. Al final, en el Congreso triunfó la primera postura. En 1823 llegó un adelantado de Bolívar, el joven general Antonio José de Sucre, y después el propio libertador del norte. El partido radical, que quería la plena independencia de los españoles, quedó fortalecido. Los moderados, con Torre Tagle y Riva Agüero a la cabeza, cuya postura representaba, al parecer, el pensamiento mayoritario de la élite del país, debieron huir o murieron encerrados en el Real Felipe, adonde buscaron refugio al lado de Rodil. Bolívar trajo un ejército, pero además formó aquí otro, con los restos del ejército de San Martín, más nuevas tropas que reclutó en el interior. La suerte de los realistas parecía cada vez peor: en España se había retornado al absolutismo, lo que podía conducir al envío de un nuevo ejército destinado a rescatar las colonias americanas, pero España carecía de recursos económicos para ello. La Santa Alianza (una liga de monarcas conservadores que se habían opuesto a Bonaparte y a las ideas liberales de los franceses) rechazó el pedido de apoyo de Fernando VII para la reconquista de las colonias, por lo que La Serna tenía poco que esperar de la península. Uno de sus generales, Pedro Antonio Olañeta, se había rebelado contra su mando en el Alto Perú, con lo cual dividió aún más sus ya debilitadas fuerzas. Las jornadas militares de Junín y Ayacucho decidieron, finalmente, la suerte de la independencia del Perú. Al superar problemas políticos y económicos de forma pragmática, Bolívar consiguió formar el ejército que debía salir a la sierra en busca de La Serna. Para lo primero no dudó en decretar el destierro de sus opositores y redujo al Congreso a un papel decorativo. Para ser eficiente había que pecar de autoritario. Antes del arribo del libertador venezolano el Congreso había llegado a promulgar la primera Constitución del Perú independiente, conocida como la de 1823, pero la llegada de los grancolombianos vino, en la práctica, a ponerla en 39
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