La situación no dejaba de ser curiosa, puesto que en la práctica se trataba de una fuerza de peruanos luchando contra fuerzas extranjeras que venían a independizarnos y darnos la libertad. La libertad no es, desde luego, algo que los hombres quieren a cualquier costo. Cuando la incertidumbre por la nueva situación es muy grande, es comprensible que se prefiera lo malo conocido que lo bueno por conocer. Y existía mucho temor en el país entre todos los sectores sociales por las consecuencias que traería un gobierno autónomo y soberano. ¿Quiénes, por ejemplo, iban a gobernar y qué garantía tendríamos los demás de que no abusarían de su poder? Después de todo, las últimas medidas del gobierno español parecían haber apuntado hacia mejores condiciones para los peruanos: ¿no se había abolido el tributo y la mita a las minas? ¿No se había terminado con las persecuciones de la Santa Inquisición y se había proclamado, además, la libertad de imprenta? ¿No parecían ser las nuevas autoridades borbónicas mejor preparadas y eficientes que los antiguos corregidores y caciques criollos e indios? Aunque tales preguntas solían recibir respuestas positivas, que empujarían a preferir el fidelismo (o sea la fidelidad y lealtad al rey de España), también existía entre la población un resentimiento histórico contra los peninsulares, que habían gozado durante siglos de privilegios y ventajas insultantes para los demás. La ocasión para sacudirse de su dominio parecía inmejorable y quizá no volvería a repetirse en mucho tiempo. Los criollos se percataron, además, de que eran ellos los mejor situados para ocupar el espacio vacío que dejarían los peninsulares. Después de estos eran quienes tenían la mayor riqueza económica, el mayor prestigio social y la mejor ilustración o educación. Los mestizos percibieron que, por su parte, también ascenderían un grado. Probablemente eran los indios, que componían un 60% de la población peruana, quienes se mostraban más dubitativos, puesto que recelaban que el gobierno de los criollos podía ser peor que el de los peninsulares. Entre 1821 y 1823 se vivió una especie de empate entre las fuerzas emancipadoras y realistas. Después del escándalo del batallón Numancia, un golpe de Estado (el primero en el Perú) derrocó al virrey Pezuela, que fue sustituido por el general José de la Serna. Las nuevas conversaciones de paz entre este y San Martín (habían peleado juntos en España contra el ejército de Napoleón, por lo que eran viejos camaradas de armas) no llegaron a un entendimiento, a pesar de que en algún momento pareció concretarse un acuerdo, mediante el cual el Perú pasaría a ser una 35
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