menos el doble si consideramos solamente a la que tenía entre 15 y 50 años. No son proporciones grandes, como las ocurridas en guerras más feroces en otras partes del mundo, en las que llegó a desaparecer el 10% de ese grupo de edad, pero igual son números importantes. En la defensa de Lima, por ejemplo, habría perecido una décima parte de la población masculina de la ciudad. El Tratado de Ancón fue ratificado por el Congreso peruano elegido durante el mandato de Iglesias, al inicio de 1884. La desocupación del país no fue rápida, porque la salida de los hombres del sur era sucedida, en ocasiones, por saqueos y vindictas de las montoneras organizadas para la resistencia. El régimen de Montero, secundado por Cáceres, se allanó a reconocer el tratado como un hecho que no avalaba, pero daba por consumado. Por su parte, el de Iglesias parecía tener las horas contadas desde que se retiraron las armas chilenas. Así pues, el gobernante debió convocar inmediatamente a elecciones presidenciales, pero no lo hizo. Cáceres entonces se proclamó presidente (Montero había renunciado), con lo que se dio inicio, como corolario de la guerra del salitre, a una guerra civil entre los dos héroes de la resistencia, que se prolongó hasta diciembre de 1885. Cáceres tenía a su favor el hecho de no haber firmado la paz, que implicaba suscribir la rendición al enemigo, pero carecía aún de la confianza de la élite costeña, a la que fue ganando con una serie de gestos, como la restitución de las tierras a los hacendados a quienes sus seguidores campesinos habían acusado de colaboracionismo. Los chilenos habían dejado en manos de las fuerzas de Iglesias suficientes armas como para que su gobierno aguantase por lo menos el lapso que les tomaba a ellos embarcarse rumbo a su patria, de modo que estas pudieron defenderse por un tiempo. Un año y medio después de la salida de los últimos batallones enemigos, las tropas de Cáceres sorprendieron con una maniobra de distracción a las defensas de Iglesias, y con la ayuda del ferrocarril de la sierra central llegaron súbitamente hasta el centro de Lima, con lo cual lo obligaron a dejar el mando. Este salió hacia Europa, procurando huir de la persecución política y moral que lo sindicaba como el que hombre que firmó la entrega del territorio al enemigo. Diez años después, ya viudo, se le permitió volver, para morir en su patria. 6 Sobre el óleo de inicio: Combate de Angamos. Archivo fotográfico Courret, BNP. 203
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