aproximadamente 60%. Esto podría verse de un lado positivamente: la natalidad y mortalidad de los indios serían iguales a las del resto del país, lo que revelaba que sus condiciones materiales no eran sustancialmente distintas a las de las demás «razas»; pero, de otro, también podría evaluarse negativamente, en el sentido de que el ocaso del orden colonial debería haber propiciado, aparte de un aumento de la inmigración desde otros lugares del mundo, una integración de los indios en la vida nacional, que tendría que haber promovido el aumento del mestizaje. La preservación de la estructura racial de la nación transmitía la noción de que los matrimonios en el Perú eran básicamente «endorraciales»; esto es, que la gente se casaba con personas de su misma raza. A la pintura de artistas como el ya citado Francisco Lazo en el capítulo anterior, se sumó la de otros colegas que también gozaron del privilegio de la estancia europea, como Luis Montero (Piura, 1826-Callao, 1869). El cuadro de grandes dimensiones «Los funerales de Atahualpa», que pintó en Florencia entre 1862-1866 para el Congreso de la República, buscó representar un momento crucial en la historia del Perú, como fue el fin del último inca. En Europa, este tipo de pinturas en las que se escenificaban los momentos fundamentales de la vida de las naciones fue típico de la época y formó parte de la didáctica de la vida nacional que se escenificaría en museos y se multiplicaría en libros de educación escolar. El cuadro de Montero formó parte probablemente de un proyecto de este tipo, que el apresurado final de la era del guano truncó. Escenificar la muerte de Atahualpa, rodeado de los frailes y conquistadores españoles en la década de 1860, significaba, como ha propuesto la historiadora Natalia Majluf, que el país oficialmente declaraba enterrado el régimen de los incas y se abría a la modernidad occidental. 147
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