ruptura. Durante el periodo colonial la Real Hacienda, como era llamado el rubro de las finanzas de la administración gubernamental, era de un manejo complejo. El azogue de Almadén, en España, era traído por ejemplo al Perú, donde era vendido por la Real Hacienda peruana a los mineros del país. El dinero que estos pagaban era luego transferido por la hacienda peruana a la española. Vale decir que la hacienda española era la que le vendía mercurio (o azogue) a la hacienda peruana. Así ocurría también con otros rubros. Cuando sucedió la independencia los mineros peruanos o españoles que adeudaban las partidas de azogue a la Real Hacienda aprovecharon la confusión creada por la nueva situación política para no pagar, porque ya éramos independientes. Pero España siguió reclamando el pago. La diferencia en 1863 respecto de los años anteriores era que el Perú tenía dinero y que la factura por pagar no llegó por el correo o la valija diplomática, sino traída por barcos de guerra que inicialmente se habían presentado como parte de una expedición científica. La escuadra española capturó las islas de Chincha de donde se extraía el guano, como manera de presionar al pago. En el Perú cundió un agrio debate. Aunque lo más práctico y recomendable a corto plazo era pagar y liberar las islas, hubo principistas que se opusieron esgrimiendo la especie de la dignidad de la patria y el pésimo espectáculo que daríamos al mundo. ¿No se habían enriquecido los españoles durante casi tres siglos saqueando nuestras minas y el tesoro de Atahualpa? ¿No habían causado la muerte de millones de indios que ahora nos hacían falta en los campos y en las minas? ¿No debían estar ya saciados? El asunto se complicó políticamente porque los emisarios españoles se comportaron como si, en efecto, aún estuviéramos en 1820 y el Perú fuese todavía una colonia peninsular. El gobierno de Juan Antonio Pezet, que como vicepresidente de San Román, lo había sucedido en el poder, llegó a un acuerdo con los españoles, con el tratado Vivanco-Pareja, que reconoció la deuda. Cuando este arreglo fue conocido por la opinión pública surgió una ola de indignación, capitalizada políticamente por Pedro Diez Canseco y Mariano Ignacio Prado, quien en 1865 tomó el poder, revolución mediante. Aunque los españoles ya habían cobrado sus millones, se despidieron del Callao bombardeando el puerto en la épica jornada del 2 de mayo de 1866. Paradójicamente el fuerte del Real Felipe, construido durante la era colonial, fue el baluarte que defendió a Lima y el Callao de los afanes revanchistas de los peninsulares. 137
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