Del Tahuantinsuyo a la historia del Perú
estos en toledanos y post-toledanos— (1986, pp. 19-20), con lo cual continuó un razonamiento sobre las crónicas que incluyó otros trabajos (1950, por ejemplo). Pero el problema de casi todas las clasificaciones ensayadas (incluso la diferenciación por profesiones, propuesta por Baudin) está en su dificultad real para encasillar a los autores, que resbalan fácilmente de uno a otro compartimiento, sin lograr distinguir lo que en buena cuenta importa, que es la calidad de la información de las crónicas (ver notas 3 y 4, más adelante). 3 Ver los estudios de Araníbar (1963), Wedin (1966) y Lohmann (1966), quienes coincidieron en examinar los préstamos e influencias de diferentes cronistas; también Pease (1973, I). 4 Wedin (1963 y 1966) ha insistido en este punto. Sin embargo, cabría disentir sobre si la «cercanía» temporal a una memoria oral cuya recolección adoleció de serios defectos —y acaso fue en ocasiones imposible— puede ser definitiva para evaluar a los cronistas de los Andes.
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