Del Tahuantinsuyo a la historia del Perú

del conflicto entre el Cusco y Tumipampa (Espinoza, 1966, pp. 290-301, 312 y ss., por ejemplo). El hecho de que el curaca fuera yana del Inca nos coloca frente a una clara situación que no debería ser confundida con simples fórmulas esclavistas acostumbradas; el yana es una fórmula multivalente, sin duda, pero claramente identificadora de un tipo de dependencia —no necesariamente nuestra imagen de dependencia— y de la cual sabemos realmente poco desde que la presencia del yanacona colonial predominó abiertamente en la documentación73. ¿Acaso los curacas puestos por el Inca eran siempre, en alguna forma, yanas? (Platt ha resaltado la traducción: yana = «ayuda», comparar con yanapay = «ayudar»; 1976, p. 27). Hay algunas diferencias fundamentales con los otros ejemplos: a) la peculiar situación de los curacas como yanas; b) la falta de documentación tributaria colonial (al menos hasta el momento) que nos permita ver con mayor claridad una comparación entre lo que daban al Inca los Chachapoyas y lo que dieron después a sus encomenderos coloniales; c) la poca información que hasta ahora tenemos sobre la región, en términos arqueológicos; d) la afirmación, ya hecha, de que la documentación regional conocida no habla de una situación dual 74 . Pero esto requiere de mucha discusión. El problema es averiguar aquí cuál es el nivel del consentimiento, como en los dos casos anteriores del área lacustre y del Chimor. Se ha afirmado que la región careció, antes del Tahuantinsuyo, de una estructura política que puede ser más definida que «ayllu» y «pueblo» o grupo de ellos. «Entre los chachas cada ayllu y pueblo —o grupo de ayllus y de pueblos— vivió en forma independiente de los demás. Cada ayllu se desenvolvió libremente en su pueblo y en su marca o parcialidad... Los curacas de ayllus no estuvieron sometidos a nadie...» (Espinoza, 1966, p. 233); aunque tuvieron «una cultura uniforme y hablaron el mismo idioma... [y] tuvieron un mismo dios... Sin embargo, nunca constituyeron un estado unificado...» (p. 235). Ciertamente que ello podría afirmarse casi sin duda de cualquier lugar del área andina, pero este tipo de aseveraciones supone que se está buscando un «orden político» de corte occidental que los españoles no encontraron de igual manera en todas partes; ello hace recordar una vez más la vieja conclusión de Evans-Pritchard de que es posible analizar un sistema político en el cual no existe —aparentemente, al menos— un órgano central de gobierno, y donde la autoridad se expresa 82

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