a través de la estructura integral del conjunto de autoridades «independientes» pero relacionadas entre sí. Por ello, aunque es cierto que la imagen de un determinado orden, necesario, no fue igual en toda el área andina y, en esta región de Chachapoyas, la documentación europea produce fácilmente la impresión de que fue justamente el Tahuantinsuyo el que lo produjo por primera vez, eliminando la «behetría». ¿Es, entonces, producto de la actitud diferente (de la actividad diferente) la presencia de un régimen de «ayllus», pachacas y guarangas, en lugar de las mitades tradicionalmente conocidas en el sur?; ¿es, entonces, producto del Tahuantinsuyo todo sistema de unidad étnica? ¿O es que volvemos a caer en el problema de identificar «documentalmente» unidades étnicas donde no las hay? Podría concluir inicialmente aquí en que los diversos modos (límites y alcances) del consentimiento anunciado (Lupaca, Chimor, Chachapoyas) habrían dado lugar a diferentes modelos de colonización incaicos que se requiere estudiar arqueológicamente (como en el primer y en el último caso). Las preguntas siguen en pie sobre las formas del establecimiento colonial español y su relación con los resultados de la colonización incaica; usando ambos casos, la expansión del Cusco y la invasión española, es posible que lleguemos a perfilar una imagen andina del consentimiento, de la relación con el poder en gran escala. Sin embargo, vamos cayendo, a la vez, en la cuenta de que una de las cosas que más importa en este ámbito de la investigación andina es el replanteo y la precisión de las categorías que estamos acostumbrados a manejar, la búsqueda efectiva del contenido que cada una de ellas encierra; también la precisión de los límites máximos y mínimos de la aglutinación étnica. ¿Lupaca es el mínimo en el conjunto lacustre? ¿Forma el conjunto lacustre parte de un macrosistema mayor, todavía por precisar? Debe reconocerse las dificultades para hablar de relaciones interétnicas en condiciones de investigación, como las que han sido indicadas anteriormente. Cabe, finalmente, una última reflexión sobre la estructura política real que constituía el Tahuantinsuyo, pues podría tenerse la impresión, cada vez más fuerte en los últimos años, de que el Tahuantinsuyo es mucho más una complicada y extensa red de relaciones que el aparentemente monolítico y vistoso aparato de poder que los cronistas nos delinearon en el siglo XVI. Tal vez la precisión de estas relaciones, que pueden dibujar macrosistemas de intercambio mayores de los que estamos acostumbrados a manejar, 83
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