un estudio reciente, Rolena Adorno ha resaltado nuevamente el valor de la narración de Guaman Poma cuando precisa que el Tahuantinsuyo fue entregado «voluntariamente» al rey de España que, de esta manera, reafirmaba su condición de heredero «legal» de los incas; no hay entonces trauma de la conquista, pero el Tahuantinsuyo se ofrece a sí mismo (a través de Huáscar) a la corona española, otorgando a esta una situación de jure distinta a la de los incas que, al fin y al cabo, eran invasores internos en el texto del mismo cronista (Adorno, 1978; Guaman Poma, 1936, p. 81), que abomina la destrucción de la sociedad anterior a ellos, pero los acepta en tanto puede vincularse a los gobernantes del Cusco como «nieto» de Tupa Inca Yupanqui. Es posible que esta actitud y esta opinión del cronista reflejen su interés en mantenerse vinculado —¿como mediador ideal?— a los Andes y a España, situado entre los descendientes de los incas y la corona española que ha devenido sucesora, aunque paradójicamente legítima, del poder de los primeros. Es necesario entonces limitar en lo posible el peso de este contexto ideológico del siglo XVI y del presente, sin olvidarlo; tratar de lograr a través y a pesar de la documentación fuertemente ideologizada (a su manera, tanto las crónicas clásicas como también la documentación administrativa y judicial), una imagen más prosaica tal vez, que nos permita entender mejor la mecánica de la expansión y, sobre todo, los medios de control del Tahuantinsuyo sobre la región andina. Para ello será necesario referirme al capítulo anterior, donde sugería diferencias entre la colonización incaica de distintas regiones andinas. Los «reinos» altiplánicos, ejemplarizados fundamentalmente los Lupacas, cuya vida colonial y cuya información española sobre tiempos anteriores está ampliamente documentada (cf. Murra, 1975, especialmente cap. 7, y más adelante el capítulo 3 de este libro), produce un primer caso de colonización y un nivel de consentimiento. Aquí nos encontramos con dos tipos de evidencia: primeramente, Hyslop y Mujica han llamado la atención sobre el hecho de que el Tahuantinsuyo obligó a los pobladores del área lupaca a abandonar sus establecimientos y pucaras de los cerros, y a establecerse en los lugares en que fueron encontrados por los españoles como «cabeceras» o «pueblos» principales lupacas (Chucuito, Acora, Ilave, Juli, Pomata, Zepita, Yunguyu), registrados por Garci Diez de San Miguel en 1567-1568; y recientemente Catherine Julien ha precisado que el lugar tradicionalmente conocido como Hatuncolla solo tiene ocupación incaica (1978). Un segundo tipo de evidencia nos permitirá decir que el 78
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