Del Tahuantinsuyo a la historia del Perú

— al orden social, en todos los individuos o en todos los grupos por igual. Y, lo mismo, cuando es activo el consentimiento, no lo es sin reservas, sin contradicciones. La razón de esto está más allá del pensamiento, en el hecho de que toda sociedad, incluidas las sociedades primitivas más igualitarias, tiene intereses comunes o particulares que se oponen y se componen cotidianamente. Sin ellos no habría habido jamás historia. Pero, aunque importe enormemente para la evolución de una sociedad, como para el destino singular o colectivo de sus miembros, que exista en los dominados una convicción profunda de la legitimidad de sus sistemas, una adhesión mitigada, una aceptación sumisa, una oposición latente o, en fin, una hostilidad declarada, estamos ante tantas figuras distintas de una fuerza histórica mayor de conservación o de transformación de las sociedades, la fuerza de las ideas, de las ideologías, una fuerza que no nace solamente de su contenido, sino de su co participación» (Godelier, 1978, p. 93, versión libre de Franklin Pease). El interés de Godelier en las líneas que siguen a las anteriores es también buscar las condiciones que hicieron posible la participación en el consentimiento del cual habla, en casos diversos, generalmente africanos. Indica, por ejemplo, la urgencia de buscar las interpretaciones del mundo que legitiman —ciertamente que a los ojos de los dominados— la propia situación de dominación63. Sin embargo, la lectura de Godelier sugiere nuevas posibilidades de análisis, si aplicamos la idea a una re-lectura de las crónicas clásicas y de la documentación que se refiere al crecimiento del Tahuantinsuyo, así como a la relación de este con las unidades étnicas que fue sometiendo a lo largo de su desarrollo. La pregunta inicial podría ser sin duda averiguar por los niveles de relación entre el Tahuantinsuyo y las unidades étnicas. Ello requiere, ciertamente, de una revisión de lo que dicen los cronistas clásicos sobre la forma de la expansión cusqueña (no sobre los motivos, por cierto), y confrontar el resultado con otro tipo de información más local o regional. En términos generales, podría adelantarse una opinión sobre una falta (al menos parcial) de consentimiento frente a la presencia incaica, desde que tanto las crónicas clásicas como la documentación regional sugieren diversos niveles de conflicto, y no necesariamente una oposición generalizada como parecería desprenderse del planteamiento de autores de los últimos años (Espinoza, 1974, por ejemplo). Pero, al mismo tiempo, y resaltando las variantes que el propio Godelier otorga (matiza) al consentimiento, podría sugerirse un 76

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