multiétnicos (Pease, 1977), de los cuales no conocemos todavía las reglas de aglutinación. Podríamos diseñar distintos niveles de «multietnicidad»: a) el caso del núcleo de los Lupacas (Diez de San Miguel, 1964; Murra, 1964 y 1975), ¿significa un nivel de multietnicidad el hecho que en las cabeceras de los lupacas aparezca registrada otra población: uros, chinchaysuyus?; b) el caso del lago, considerado como un «macronúcleo», si hablamos de «reinos lacustres», ¿tiene algún sentido la afirmación de Sarmiento de Gamboa, cuando propone una dimensión máxima del ámbito de expansión de los «collas» (1947, p. 191). Aquí no estaría claro, todavía, a nivel de la documentación, cuál de los tres «reinos» sería el modelo de un macrosistema lacustre; y c) el caso de Collaguas, donde podría discutirse largamente si el núcleo incluye Collaguas y Cabana, distinguidos en el siglo XVI a nivel del lenguaje (aymara y quechua, respectivamente) y también a nivel de la administración española (en lo que respecta a las encomiendas, no así en lo referente al corregimiento). Esto nos llevaría a concluir un nivel previo de análisis, en el que la imagen del núcleo que se obtiene en cada uno de los ejemplos conocidos podría ser distinta (al menos en sus componentes), según el nivel (el volumen) del sistema de macro adaptación 53 . De otro lado está presente la duda acerca de si las unidades étnicas propuestas por las crónicas clásicas andinas son en realidad tales, o si se trataría en realidad de identidades «fabricadas» a lo largo del proceso colonial 54 . Otro tipo de problema está sin duda relacionado con la presencia de una unidad de poder eminencial, como es el caso del Tahuantinsuyo, el único estado andino que es posible estudiar al margen de los solos testimonios arqueológicos, y justamente cabe recordar aquí la anotación de Fernando Fuenzalida a las propuestas de Murra sobre el «control vertical de un máximo de pisos ecológicos en las sociedades andinas», relativa a la función de cobertura (de «paraguas», se dijo) que habría cumplido el mismo Tahuantinsuyo para proveer de una «pax incaica» en la cual las relaciones entre diversas etnías podían ser posibles en términos que no incluían necesariamente la violencia (Murra, 1975, p. 110); sin embargo, habría que considerar que el control ecológico de los Lupacas sobre la costa (que motivó el comentario de Fuenzalida) puede ser datado desde mucho antes que el Tahuantinsuyo, lo que hace innecesario el «paraguas» aludido para la existencia del propio control (Lumbreras, 1974; Hyslop & 70
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