Del Tahuantinsuyo a la historia del Perú

etnocentrismo, son más confiables las informaciones de los cronistas (y de otros documentos del siglo XVI) sobre la vida material del hombre de los Andes, que sobre la «historia» y los hechos atribuidos a los miembros de la genealogía de gobernantes cusqueños, entendidos literalmente, ya que la memoria oral juega con categorías temporales y personales distintas a las que emplea la historia. Si son más confiables los relatos del tiempo de los últimos incas es solamente porque la cercanía temporal y la supervivencia del testigo permitieron el recuerdo de hechos concretos antes que fueran reelaborados dentro de las normas propias de la tradición oral, que incluyen una noción de un pasado arquetípico, ejemplar y sintético (Eliade, 1974; Vansina, 1967). Sin embargo, esta eventual supervivencia no es garantía suficiente desde que, por un lado, no puede afirmarse que los «hechos históricos» fueran conceptualizados como tales por los pobladores andinos, aún al margen de la elaboración de la élite urbana. De otro lado, es evidente el hecho de que el impacto de la conquista hizo perder la perspectiva a los hombres andinos, aunque mantuvieron su criterio de interpretar los acontecimientos de acuerdo siempre a sus categorías tradicionales y no históricas (Guaman Poma). Los testigos de Cajamarca que declararon años después en los pleitos de la corona con Hernando Pizarro, afirmaron «haber visto» cortar la cabeza a Atahualpa, donde los cronistas y testigos españoles testificaron el empleo del garrote; lo que resulta ciertamente sorprendente es que en el interrogatorio de los expedientes seguidos en el juicio indicado se diga a la letra: «16. Si sauen que el dicho don Francisco Pizarro prendió al dicho Atabalipa y sin causa le hizo cortar la cabeza y se la cortaron» (Guillén, 1974, p. 10). Parece una generalización del autor del interrogatorio, ciertamente un funcionario judicial. Sin embargo, se relaciona con problemas de otra índole cuando apreciamos que las versiones andinas muy posteriores a este hecho de la conquista (el mito de Incarrí de nuestros días, por ejemplo) presentan una situación en la cual un Atahualpa (el Inca) decapitado sirve de punto de arranque a la imagen mesiánica del Inca. Que la decapitación podía ser un caso andino, podemos hallarlo en las informaciones de los religiosos agustinos, hechas en 1551, que nos mencionan a la divinidad de Huamachuco decapitada por el Inca, y cuya cabeza de piedra fue arrojada al agua donde, al fraccionarse, produjo una serie de réplicas que garantizaban la supervivencia de la divinidad. Una pregunta importante se refiere, sin duda, a considerar cuáles fueron los recursos con que contaba el Cusco al momento de la expansión inicial. 46

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