cuya presencia en los Andes está desechada. Sabemos también que los «derechos» comunales de la población se transmitieron, pero no conocemos bien cuáles eran inherentes al miembro de un ayllu, ni cuáles transmisibles de padres a hijos. Ni siquiera en lo que se refiere a la clase dirigente cusqueña podemos estar demasiado seguros. No conocemos bien tampoco el alcance que la «legitimidad» tuvo en los Andes, aunque sí podemos ver —como se indicó anteriormente— que, en el caso de la sucesión al poder, el Inca legítimo era aquel designado ritualmente por el sol. En todo caso, «hijo legítimo» no quiere decir de ningún modo lo mismo que en las sociedades europeas. La primogenitura europea se basa en un matrimonio monógamo pero no sabemos cuáles fueron los elementos empleados para designar (escoger) a la «cabeza de familia» en los Andes antes de 1532. Cuando las crónicas hablan del asunto usan únicamente criterios europeos. Además, la etnografía no ha proporcionado aún bases suficientes para encontrar una fórmula andina que permita comprender mejor lo que el cronista no pudo siempre explicar con su vocabulario y su actitud etnocéntrica, comprensible sin embargo. Ya no es un secreto tampoco que los mismos problemas se presentaron en la visión española de la vida religiosa, la organización administrativa, las relaciones de parentesco, etcétera, pero también y naturalmente los cronistas escribieron una «historia» andina (o «incaica») empleando moldes europeos. Preocupa un segundo problema, y se refiere a la forma en que el Cusco dominó los Andes, apropiándose simultáneamente de recursos muy variados, que incluían la energía humana tal vez en el lugar más importante. Al pensar en un dominio territorial es demasiado fácil caer en la tentación de aceptar la información que los cronistas e historiadores hicieron tradicionalmente suya. Esta afirmaba la existencia de un dominio organizado sobre la tierra, que comprendería así en forma continua una larga unidad territorial dividida a la europea en circunscripciones provinciales, manejadas por una sólida burocracia dependiente del Cusco. Sin embargo, la burocracia fue real, aunque no dominase tierras sino recursos humanos que hacían posible obtener la enorme cantidad de bienes que el Tahuantinsuyo redistribuía. Eso no significa necesariamente una burocracia fuertemente centralizada y controlada desde el Cusco. Antes bien, la documentación de la administración inicial española (incluyendo los tribunales) del siglo XVI parece mostrar más bien (al igual que las crónicas) una cierta independencia en lo político y un rígido control en lo 44
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