reciprocidad en torno a los regímenes de parentesco, más claros los mecanismos de acceso a los recursos y el control de tierras y ganado, más posible rastrear no solo la reciprocidad, ahora también en sus formas asimétricas, sino la redistribución, que fue uno de los pilares del estado en los Andes. Sin un análisis profundo de la vida de las etnías andinas (han sido llamadas «señoríos» y «reinos»; también se ha dudado si denominarlas andinamente pachaca o guaranga) no sería posible un análisis lúcido del estado andino —no solo del Tahuantinsuyo, sino la formación que condujo a él— ni tampoco de la implantación del estado español en los Andes. Destruido el poder del Cusco, demoró siglos la desaparición de los poderes étnicos, pues las etnías resistieron a la imposición colonial y aún a la republicana, de la misma manera que sobrevivieron al Tahuantinsuyo. Las visitas son una parte de su testimonio histórico. EL INCA Y EL PODER Frente a la imagen que identificaba al Inca con el gobernante del Cusco, podemos hallar en las mismas crónicas la presencia de un Inca considerado como modelo ejemplar de todas las cosas (arquetipo), propuesto como tal en los mitos de fundación del Cusco (Pease, 1973). Las crónicas nos presentan un Inca repetido constantemente por los miembros de una genealogía entendida básicamente como un recurso temporal, desde que la sucesión de sus componentes era la única forma en que la memoria oral podía remontarse al tiempo sagrado de los orígenes. Las crónicas permiten ver cómo el arquetipo primordial cusqueño Manco Cápac (el primer Inca de la lista conocida o capaccuna) prefiguró todas las normas que presidieron la conducta de sus sucesores, cada uno de los cuales será considerado como epónimo de una de las panacas cusqueñas. Siete gobernantes sucedieron a Manco Cápac y el último de ellos llevaba el nombre del dios creador (ordenador) más antiguo del Cusco, Huiracocha, quien luchó con Pachacuti, su hijo según las versiones historizadas de los cronistas, aunque los mismos autores reconocen de paso, y al margen de su propia lógica, que este último era «hijo» de Manco Cápac, igual a él entonces, que volvió a fundar la ciudad del Cusco, a dividirla en dos mitades subdivisibles a su vez, simbolizando así la división y ordenamiento del mismo, pero ahora gracias al patrocinio (la creación) de Inti, el dinámico dios solar del Cusco que reemplazó a Huiracocha convertido por entonces en un deus otiosus (Eliade, 1974, p. 58). Pachacuti 36
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