Tahuantinsuyo y de los pleitos interminables ocasionados por el despojo de la tierra, por la pérdida de la gente en la mita, las epidemias y la tragedia cósmica que incorporó los Andes y su vida a partir del siglo XVI, que recogieron las noticias que proporcionaban los pleitos entre encomenderos, hacendados, comerciantes o mineros; se hurgaron también las noticias que podían hallarse en las fatigosas búsquedas sobre las haciendas coloniales (Rowe, Lohmann, Kubler, Rostworowski, Macera, Espinoza). Todo ello permitía alguna aproximación hacia la población andina, pero siempre a través de filtros europeos. Quedaba un poco a la mano de todos —conforme avanzaban las investigaciones al mismo tiempo que la década de 1960— si la población había vivido siquiera un poco al margen de los mecanismos explotadores, fuera de las haciendas y del yanaconaje, de la mita y del comercio españoles; si acaso en medio de todo el hombre andino no había hecho alguna resistencia a la presencia europea, por hacer algo de su vida al margen de las categorías importadas; si no podía ser que la capacidad de resistencia y la propia vida hubiesen funcionado también en otros campos que no fueran el religioso o la creación artística. La vigencia del primero, por ejemplo, estuvo señalada en las continuas campañas de los extirpadores de las «idolatrías» desde poco tiempo después de la invasión y en adelante, confirmada después cuando en la década de 1950 hizo explosión la primera conciencia del mito de Incarrí en los Andes (Arguedas, Morote, Núñez del Prado, Roel). Las preguntas comenzaron a hacerse más visibles a partir de los momentos en que se comenzaron a manejar nuevos tipos de documentos —siempre dentro de la vida administrativa de la colonia— que permitían otro tipo y otro volumen de información sobre la población andina y su vida material. Ya no se trataba solamente de ubicar la situación (el papel y el fruto) de los mitayos en Potosí y en otros centros mineros; tampoco solo de precisar las supervivencias de instituciones incaicas en tiempos posteriores. Marie Helmer llamó la atención en 1951 sobre la importancia de la vida económica de una unidad étnica —los lupacas de Chucuito— con una riqueza de información poco acostumbrada al hablar de la vida andina posterior a la invasión del siglo XVI. Al descubrir el documento que inspiró su estudio y llamar la atención sobre su importancia (la visita hecha a la provincia de Chucuito por Garci Diez de San Miguel en 1567 fue hallada por Rafael Loredo en el Archivo de Indias, y señalada por él a la autora mencionada), la distinguida investigadora francesa inauguró una larga búsqueda que ha abierto nuevos caminos al conocimiento de los 23
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