dejaron testimonio de su asombro y también constancia de la actividad de los hombres andinos antes de la invasión española. Después de ellos, caemos en la cuenta de que el olvido progresivo iba condenando a los hombres andinos a ser simples descendientes de sus antiguas grandezas; solo los acontecimientos trágicos —las rupturas conocidas de la historia— como las rebeliones de Juan Santos Atahualpa y de Tupa Amaro, obligaron al autor colonial a volver por el sendero del cronista e incorporar al quehacer cotidiano de las gentes una preocupación por los gestos y los hechos de los hombres de las tierras altas, las más densamente pobladas de los Andes. En los recientes años republicanos, la percepción se materializó con la aparición de la arqueología y el desarrollo antropológico, pero la búsqueda del testimonio español sobre el hombre andino continuó restringida a la crónica, al mismo tiempo que variaban poco las preguntas que podía hacerse a los cronistas. Parecía haberse hecho general el prejuicio —tolerado por la educación escolar y universitaria y no destruido por la actividad creadora de los historiadores de los Andes que el país debió tener— que consideraba cancelada la vida andina con la toma del Cusco por Francisco Pizarro, con el establecimiento colonial y con el surgimiento de un proceso histórico único que aceptaba resignadamente el papel evocador asignado a lo andino en la historia del Perú. Pero si las crónicas dejaron de escribirse en el siglo XVII y los hombres andinos quedaron un poco escondidos tras la vida administrativa y su historia hasta las grandes rebeliones de la segunda mitad del siglo XVIII, es entonces en el tráfago de los informes y en la fría enumeración de los censos donde el historiador ingresa ahora en busca de un testimonio de la vida de los hombres de los Andes que jugaban todos los días el camino de su propia historia. En contraste con el relato ameno y generoso —cuando no oportuno— de la crónica, los escritos administrativos gozaron casi siempre de una aridez especial y farragosa al lado de su abundancia creciente, mientras los historiadores no estuvieron en condiciones de hacerles preguntas comparables a las que generalmente se inventaban para la vida administrativa (tantas veces personalizada en sus administradores) urbana y colonial que dominaba la escena histórica peruana. Los Andes fueron así urbanizados y aculturados en la historiografía antes que estos procesos acogiesen la dramática violencia genocida 14 de nuestros días. Cierto es que la documentación burocrática colonial —que hablaba de los Andes— fue conocida de alguna manera y que algunos especialistas se ocuparon de la población y sus crisis, de las imágenes sobrevivientes del 22
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