Del Tahuantinsuyo a la historia del Perú

precisa diversas posibilidades para el origen de las comunidades, tanto en el ayllu prehispánico como en la reducción colonial; sustenta su trabajo en este punto la reflexión en torno a las distintas formas como se constituyeron las reducciones y los diferentes alcances de la política toledana en ese sentido; hay, a su juicio, zonas donde las reducciones no llegaron y las comunidades se pudieron originar en procesos distintos de modificación de los ayllus (Matos Mar, 1976). 93 Porras (1986, p. 265) consideró que Polo era el más entusiasta mantenedor de lo que se dio en llamar la escuela toledana, desde que le atribuía la redacción del Anónimo de Yucay, lo cual continuaba las afirmaciones de Romero (1916, p. xxxix), aunque esta opinión de Porras es contradictoria con las frases de Prescott que cita y que explican una actitud comprensiva de Polo de Ondegardo hacia la población andina, su vida y su obra, ya que esta sería opuesta a la línea general del mencionado Anónimo. Marcel Bataillon mencionó que el autor del Anónimo era el jesuita Jerónimo Ruiz de Portillo, y llamó la atención de cómo las opiniones de este no eran las generales de la Compañía en el siglo XVI peruano, citando el proceso al P. Luis López por criticar la política indiana de Toledo. Ciertamente, entre los autores sugeridos se encuentra García de Toledo. 94 Es un largo problema el de la aculturación de los señores étnicos. Hay muchos ejemplos de ello en los juicios relacionados con la filiación y la herencia de los curacazgos; pero también hay casos distintos: Rómulo Cúneo Vidal (1919, pp. 317-318) registró y glosó la documentación de los curacas de Tacna, mencionando que Diego Caqui, hijo del viejo curaca Catari, había hecho testamento el 18 de abril de 1588, declarando tener «una viña en Tocuco, con 36 000 cepas de viña. Otra en Tierra Blanca, con 30 000. Otra en Amopaya, con 10 000. Otra en Pachía, con 10 000. Una bodega en Pachía, provista de lagar, prensa y vasija para una producción anual de dos mil botijas de vino. Una recua de cien llamas para el transporte de aquella producción a los mercados del Alto Perú. Huertas y sembríos en distintos lugares del valle de Tacna. Dos fragatas y un balandro para la navegación entre aquella ensenada y los puertos de Arica y el Callao». Debe haber más de estos casos. Ciertamente, son más complejos los problemas de la aculturación, la «alianza» de los señores étnicos con los españoles, etcétera. Una posterior reflexión sobre estos asuntos —incluso sobre la aquí mentada diferenciación «clasista» en la propia población andina — puede verse en Pease (1992, pp. 303-328; y en Pease, 1992a, pp. 154-170). 95 Hasta que en tiempos muy contemporáneos, la población consideró que el haber pagado el tributo era una prueba de su derecho a la tierra, como ocurrió en Bolivia. 96 Por cierto, con posterioridad al momento de escritura de este texto, se comprende mejor la causa del despoblamiento de los centros administrativos, incluyendo los tambos; su abandono se originó en el hecho de que el poblamiento de los mismos en tiempos del Inca se basaba en los mittani, la gente que hacía mita para el Inca. Desaparecido este, ya no tenía sentido seguir enviando población rotativa (cf. Pease, 1992a). Obviamente, el abandono de los caminos y otros centros de presencia europea, se agravó por las causas mencionadas: la mita era un tributo adicional, a la que había de sumar las diferentes cargas indicadas. 97 Añadí el párrafo anterior en la edición de 1989. Para una mayor aclaración de mis opiniones sobre el asunto, véase Pease (1992a, pp. 154-158). El hecho es que los numerosos testimonios hoy existentes, que denuncian actitudes similares, prueban, antes 211

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