1560 y 1570, fueron testigos de la lucha de los hombres andinos para mantener sus tradicionales accesos a recursos, agrarios por ejemplo (Cf. Lohmann, 1967a, 1970, 1971; Murra, 1975). Uno de ellos fue Polo de Ondegardo, cuya opinión fue utilizada en diferentes reuniones administrativas y eclesiásticas. No podemos dejar fuera de esta lista a Domingo de Santo Tomás, cuya influyente presencia rebasó sin duda el ámbito misional o lingüístico. De otro lado, sabemos que en 1557 el marqués de Cañete dio una provisión que disponía la «devolución» de habitantes de los pueblos de Auca y Cinchura (Inchura), o colonias ecológicas de Chucuito en la costa, que estaban encomendados aunque étnicamente eran dependientes del cacique Cariapasa, «porque los caciques principales e yndios del rrepartimiento de Chucuyto questán en cabeza de su magestad me hizieron relacion diziendo que a las faldas de la sierra donde es su naturaleza hazia la costa de Arequipa, de tiempo antiguo que tuvieron ciertos yndios mitimaes con ciertas tierras donde hazían las sementeras de mais y trigo e agíes y otras comidas que ellos tienen para su sustentación por causa que en su tierra por ser tierra fría no se siembra lo susodicho..:» (Los Reyes, 20 de febrero de 1557, en Barriga, 1955, III, pp. 299-301). 91 Tal es el caso de Chucuito proporcionado por la visita de Diez de San Miguel. La amplitud del tiempo necesario para adquirir los recursos que complementaban a los tubérculos, es la máxima conocida en términos de grupos étnicos que controlaban lejanos pisos ecológicos, pero da un indicio de lo necesaria que era una movilización de gente en busca de subsistencias (cf. Murra, 1975; y los caps. 3 y 4 de este libro). 92 Durante un largo tiempo se ha mantenido la ilusión de que la «comunidad indígena» de nuestro siglo había sido originada exclusivamente en la evolución del ayllu que encontraron los españoles en el siglo XVI, como alentaron Castro Pozo o Mariátegui. Pero aquí tropezamos una vez más con las dificultades originadas en la imagen europea del cronista y del funcionario. José María Arguedas (1968) ha explicado claramente que el origen de las actuales comunidades andinas estuvo en las similares organizaciones españolas, construidas en los Andes bajo el nombre de reducciones, cuya necesidad era reconocida por la administración desde el segundo concilio de Lima, y que fueron dispuestas por el poder real a partir de 1549 (Solórzano, Política Indiana, Lib. II, cap. 14, Nos. 15 y 20, citado en Villarán, 1964, p. 170; cf. también las disposiciones para la visita de Gasca en Mori & Malpartida, 1956). Las instrucciones dictadas por Toledo para el uso de los visitadores que transitaron los Andes por su orden, establecieron los límites físicos de las reducciones: «Item. proveeréis que a los indios que se reduxeren [en] otros pueblos no se les tomen ni quiten las chácaras y tierras que tenían en los pueblos que despoblasen, como estén de una legua de los pueblos donde se reduxeren, de manera que sin vexación ni alejarse de sus casas, las puedan labrar; y no lo estando [labradas], se quitarán para poder con ellas hacer recompensa a los españoles e indios, a quien se quitaren las tierras para la dicha reducción» («Instrucciones a los visitadores», en Toledo, 1924, p. 165). La hipótesis de Fernando Fuenzalida (1970) es particularmente sugerente; al establecer una relación de continuidad y sustitución entre ayllu y cofradía, permite comprender mejor no solamente el importante papel que cumplieron las últimas en la vida andina colonial, sino también considerar su situación como un esquema de parentesco. De otro lado, este estudio proporciona distintas perspectivas útiles al conjugar la experiencia del trabajo etnográfico con otra documentación. En 1976 Matos Mar publicó una interpretación más global, donde 210
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