necesariamente igual carácter en el pensamiento andino y en el europeo del mismo siglo XVI; puede verse como ejemplo de esto la distinción de la historia de las conquistas incaicas, presentada por los cronistas como tal, y el relato de un ritual de conquista extraído de las mismas fuentes, en dos diferentes lecturas de las crónicas clásicas (ver cap. 1). Esto significa que debe tenerse una duda prudente frente a las hipótesis de una oposición frontal de las unidades étnicas, poco definidas realmente, al Tahuantinsuyo, mientras no se haga un análisis crítico de la documentación, que precise si las motivaciones que sustentaron los reclamos, las declaraciones o las actitudes de enfrentamiento generalizado con el Cusco provienen o no del contexto colonial, o si son reflejo real de la situación anterior a la invasión española. [Sobre este asunto de las «alianzas» de curacas con españoles se ocupó también Stern (1986), véase Pease (1992, pp. 154 y ss.)]. 65 Para recordar que durante la colonia hubo una consecuencia relativa con esta actitud, puede verse la abundante información de las visitas toledanas, que distinguieron claramente el régimen tributario (que sugería la vigencia de patrones de asentamiento del tipo de las reducciones) del régimen comercial que funcionaba al margen del primero. Los protocolos notariales de Moquegua, al menos entre 1587 y 1601, registran la doble jurisdicción sobre el valle, proveniente la una de la provincia de Chucuito (cuyos curacas aparecen contratando abundantemente en épocas tempranas de la colonia) y la otra de Arequipa, cuyo régimen de encomiendas están estrechamente vinculado con el del valle de Moquegua (cf. «Protocolos» de Diego Dávila, 1587-1595 y 1596-1600, 1601; Archivo Departamental de Moquegua). Ver también los casos mencionados en el primer capítulo de este libro sobre la devolución de tierra y gente a los pobladores de Chucuito. 66 En 1556 se dijo expresamente: «El segundo [suyu correspondía] a yndios lupacas de chucuito que venían al beneficio del dho. suyo de sus tierras los quales al tiempo que los españoles entraron en este valle se fueron a sus tierras» (Morales, 1977, p. 21). Los visitadores toledanos registraron claramente el problema en otro sentido; inicialmente, Juan Ramírez Zegarra (1575) dejó constancia de ello, por ejemplo para Larecaja y Chicanoma (34r, por ejemplo); la tasa final del virrey indicó «lo que auían de pagar en particular cada yndio de los susodichos [de la provincia de Chucuito] assí los que estaba mandado que fuesen a la villa imperial de Potosí a la labor de las minas e yngenios de aquel asiento como los que avían de rresidir y rresiden en la dicha prouinçia, y en los valles subjetos della de Çama, Moquegua, Larecaxa, Xicanoma y otras partes donde estauan yndios de la dicha prouinçia...» (Toledo, 1575, p. 235; cf. también 238v, 242v.) 67 Sin embargo, el mismo Rowe llevó entonces hasta la primera mitad del siglo XVII la decadencia de la cultura Chimú, basándose en los efectos de la erradicación de las «idolatrías»; ello es independiente sin duda de la crisis demográfica o de la política, anteriores a las extirpaciones de las idolatrías, y nos lleva al interesante problema de la continuidad de los patrones culturales: «podemos asegurar que los indios de la costa norte cambiaron el patrón de su cultura aborigen con algunos adornos españoles... mucho después de 1600» (Rowe, 1948, p. 349). 68 En ediciones posteriores en español de Zárate es el capo XI del Lib. I, pues a partir de la segunda en español, este fue uno de los capítulos suprimidos. Aparte, es conocido que el Tahuantinsuyo propició la ampliación de la producción de bronce estañífero, apreciable en la existencia de objetos enteros en los basurales. 207
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