Del Tahuantinsuyo a la historia del Perú

el otro litigante afirmó «que era de poca importancia que don Rodrigo Guamarico fuese señor de Chimbo desde tiempo inmemorial, por ‘tiempo inmemorial’ debería entenderse aquél de los gobernantes Inca...» (Ossio, 1976-1977, p. 201, Juicio entre Lorenzo Guamarica, curaca de Chimbo, con Santiago, curaca de Cusibamba, Archivo General de Indias, Escribanía de Cámara, Audiencia de Quito, Leg. 669, Rº 1, 1565). 60 Aquí vale la pena mencionar cómo en la época toledana se mantenía el control sobre las «islas, así fuera bajo la apariencia de lo que los españoles entendieron muchas veces como «comercio», para acusar a los curacas de emplear la mano de obra andina para enriquecerse (a la manera europea) con su uso. Véase la declaración de Rodrigo Halanoca, principal de Acora hanansaya, quien dijo que «algunas veces le a alquilado su curaca para Potosí y Arequipa» (Gutiérrez Flores & Ramírez Zegarra, 1970, 11v); esto deja pie a movimientos entendidos normalmente como si fueran «comerciales». Un año antes habían constatado los visitadores toledanos el mantenimiento del control de las colonias costeras y de las situadas al este del altiplano (19r, por ejemplo), indicando que «los yndios mitimaes del balle de Moquegua son trescientos y quatro... [los] mitimaes del balle de Çama y pueblo de Hinchura son trescientos y quarenta y cinco yndios... [los] mitimaes del balle de Larecaxa son setenta y dos yndios...». Estas cifras permiten ver, además, cómo los números que daban los informantes de Garci Diez unos años antes, eran claramente moderados (cf. el cuadro que publicó Murra en 1975, pp. 212213); aunque no se sabe bien a qué gente aludía Alonso de Buitrago, testigo de Garci Diez, cuando declaró que «en Sama y Moquegua le parece que habrá novecientos indios tributarios» (Diez de San Miguel, 1964, p. 54), pues no distingue a los Lupacas de los pobladores de la zona. 61 Un ejemplo de cómo reclamar o «contradecir», «estar allí» en suma, era la forma de hacer sentir la presencia nativa, puede verse en Warman (1976), para el caso de Morelos, en el México colonial. 62 Archivo de la Parroquia de San Pedro, Tacna, Libros de Matrimonios de Ichuña, empieza: 23.VII.1685, termina: 14.VIII-1714; Ichuña tiene datación lítica (Menghin & Schoeder, 1957; Ravines, 1972), formó parte de Ubinas hasta su desmembración en 1795. Durante el siglo XVIII tuvo «un trapiche de moles metales de Plata» (Bueno, 1951, p. 90; Valdivia, 1847, p. 160; cf. también Álvarez y Jiménez, 1946, II). Una pregunta adicional aquí sería cuál fue la diferencia real (o la real similitud) entre algunos tipos de «forasteros» coloniales y los que anteriormente fueron mitmaccunas o mittanis. No hay seguridad, entonces, de que siempre los llamados «forasteros» respondan a la noción española. Como ejemplo paralelo puede recordarse a los «comerciantes» dedicados a un intercambio restringido, como interlocutores estables, en un tipo de tarea identificable con el control ecológico, complementaria o sustitutiva de este. 63 No escapará a la atención del lector apreciar aquí, y en las propias palabras de Godelier, una marcada oposición con ideas de autores como Pierre Clastres (1975). 64 Esta imagen ha sido propuesta por Waldemar Espinoza en 1967a, 1971a y 1974a, especialmente; es visible que la documentación publicada por dicho autor puede llevarnos a esa conclusión, pero también es visible que en muchos casos se trata de documentos elaborados para obtener privilegios del sistema colonial, habría que ver, en cada caso, cuál era la influencia real de esta actitud y de esta intención, desde que el relato de una actitud o de un conjunto de «acontecimientos históricos» no reviste 206

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