argumentos recibidos en forma tal que suponía dar nuevas perspectivas a los mismos en una aculturación forzosa, aunque necesaria para la discusión de los jueces. Los curacas andinos actuaron dentro de un proceso encuadrado en los mismos lineamientos. Partiendo de esto, podemos aproximarnos mejor a las argumentaciones de los curacas en juicios por la posesión de curacazgos o destinados a la consecución de prebendas. Sin embargo, parecería menor la alteración en los pleitos entre curacas por la posesión o «propiedad» de tierras, por ejemplo; en general, el problema merece un mayor estudio. 13 Los estudios de Valcárcel, publicados bajo el rubro de «Los trabajos arqueológicos en el departamento del Cusco» en la Revista del Museo Nacional (1934-1937), abrieron en este sentido un criterio solo retomado en la segunda mitad del siglo XX (Murra, 1966, 1975). 14 Cuando escribí ese texto, a mediados de la década de 1970, no me refería, obviamente, a la violencia desatada por la subversión en la década siguiente. Hablaba de la agresión que sufría la población andina por los intentos gubernamentales de modernización, como la propia reforma agraria y la migración a las ciudades originada en ella. 15 La documentación de los cocales del Chillón y Canta fue publicada por Rostworowski en 1988. 16 Dichas visitas (1571-1572 y 1578) fueron publicadas en 1992. 17 Publicada por Murra en Dávila & Otazu (1991). 18 Desde la fecha de la primera edición de este libro se han publicado más visitas y estudios sobre ellas, por ejemplo Landázuri (1990); Remy & Rostworowski (1992); Rostworowski (1974, 1984, 1986, 1988, 1988a, y 1990); Espinoza (1978); Ortiz de la Tabla (1976 y 1985); Freile y otros (1981); Salomon & Grosboll (1986); Salomon (1988); Guevara & Salomon (1994). 19 «Dicen que antes que fuese señor [el Inca Pachacuti]... al tiempo que llegó a una fuente llamada Susurpuquio, vio caer dentro una tabla de cristal en la misma fuente, dentro de la cual vio una figura de indio en la forma siguiente: en la cabeza del colodrillo de ella, a lo alto, le salían tres rayos muy resplandecientes, a manera de rayos del Sol los unos y los otros; y en los encuentros de los brazos unas culebras enroscadas, en la cabeza un llauto, como Inca, y los trajes vestidos como Inca. Salíale la cabeza de un león entre las piernas, y en las espaldas otro león, los brazos del cual parecían abrazar un hombro y el otro... [y] le llamó por su nombre... diciéndole: Venid acá hijo mío... que yo soy el Sol vuestro padre...» (Molina, 1943, pp. 20-21). Zuidema (1976) hace una interesante identificación de esta representación solar, utilizando un quero cuzqueño. 20 «Y a esta hora salió toda la gente del Cusco por sus ayllus y parcialidades, los cuales venían lo más ricamente aderezados que podían, y llegados [a la plaza] mochaban al Hacedor [Huiracocha], al Sol y al Inca y Señor» (Molina, 1943, p. 35); al margen de la identidad y simultaneidad entre los tres (cf. Pease, 1967), es visible una sucesión de la primacía de cada uno en tres momentos sucesivos (Pease, 1973, pp. 60-67, 71; 1974, p. 224). 21 Sobre la importancia ritual del maíz hay abundantes testimonios en las crónicas y en la etnografía contemporánea, véase, por ejemplo, Murra (1975, cap. 2). 22 Véase los mitos de Incarrí contemporáneos: Ossio (1973); también Pease (1973); y este libro, cap. 4. 199
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