Del Tahuantinsuyo a la historia del Perú

informaciones personales de Domingo de Santo Tomás— 7 , ya que los tres transmiten una información esencialmente cusqueña (es decir «estatal») sobre la región. Lo mismo ocurriría con las referencias serranas de Antonio de la Calancha, distintas a las obtenidas en zonas que conoció mejor 8 . Es importante por ello evaluar el itinerario del cronista, que puede permitir cernir mejor la información que proporciona. Pero la crónica empieza a ser considerada más como la fuente oral que es en realidad y que demanda nuevos criterios de manejo. El trabajo de campo etnográfico, con la amplia experiencia que otorga en el estudio de las sociedades sin escrituras y sin maquinarias, ha permitido revaluar las tradiciones orales y su análisis9. Ya la escritura no es tampoco el único instrumento que tiene el historiador para estudiar el pasado de los hombres y cada vez se hace más necesario —y convincente— el manejo simultáneo de diferentes sistemas de aproximación al estudio de una realidad social. Los cronistas recogieron múltiples tradiciones orales y, tal vez, el valor fundamental de autores como ellos no esté solo en su capacidad de transmitirlas. Los hombres andinos no podían «recordar» simplemente acontecimientos ordenados de acuerdo con una cronología diaria, ni aun anual. Recordaban en cambio categorías ejemplares, que representaban los acontecimientos primordiales de los tiempos del origen en que el mundo era todavía perfecto; de allí la gran dificultad de los cronistas para considerar en una redacción lógica los «hechos de los incas», resultándoles poco menos que imposible evitar caer en contradicciones flagrantes al hablar, por ejemplo, de las conquistas incaicas, confundiendo a los incas unos con otros, llevándolos por recorridos expedicionarios más o menos absurdos, a través de una geografía evidentemente desconocida en sus reales dimensiones por los cronistas del XVI. El hombre andino ordenaba sus recuerdos, aun su «historia», por cierto de manera tal que realizaba un procedimiento análogo al de sus «recuerdos» colectivos más antiguos, conocidos a través de fórmulas como los mitos, mantenidos inalterables en sus contextos rituales correspondientes. Por ello el comportamiento que adjudicaba a sus contemporáneos —el Inca inclusive— tenía que responder a arquetipos específicos. La analogía con los modelos míticos incluía, por cierto, además de los personajes, los acontecimientos y la explicación de las costumbres, y por lo menos permite acercarse a una comprensión de las aparentes confusiones cronológicas de los cronistas. Wedin ha llamado la atención sobre este problema en torno a la 17

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