Del Tahuantinsuyo a la historia del Perú

presidiendo la vida cusqueña, generalizándose las discusiones sobre campañas militares y el comportamiento señorial y real del Inca, que permitía la existencia de una nobleza «de sangre» (los parientes del Inca, prácticamente «hidalgos» o «caballeros» por derecho de nacimiento); y otra motivada por el «privilegio real» que permitía el ascenso de los plebeyos a la élite. Al aceptar los cronistas la existencia de dinastías que se comportaban como las europeas, se puede entender también que se generasen discusiones sobre la duración de los diversos reinados y comprender por qué se entendieron como dinásticos los conflictos que la ascensión de cada uno de los incas al poder generaban en la élite cusqueña. Son así ampliamente conocidas las discrepancias en torno a Huáscar y Atahualpa, como también las discusiones sobre cuál de los incas conquistó determinados territorios, o a quién atribuir determinadas acciones descollantes. Al trasladar a los Andes su visión europea del mundo, los cronistas hicieron visibles dos formas de utopía política: una de ellas hablaba de un estado perfecto, sin hambre ni necesidad, donde la paz era posible gracias a la bondad de gobernantes y gobernados, que se había extendido como una suerte de mística feliz que si bien no había evitado las confrontaciones bélicas —sin cuya existencia no era posible el heroísmo de los príncipes— permitió sin duda la adhesión entusiasta y pacífica de muchos pobladores andinos (Garcilaso). Un tipo de utopía diferente se generó también en los cronistas sobre la base de la justificación contraria, elaborada para hacer moralmente lícita la invasión española del siglo XVI sobre un estado todopoderoso —a la vez que usurpador de un poder— que la población andina habría aceptado solo por la imposición de una fuerza invencible que arrasaba toda resistencia y gobernaba una multitud sin amparo y sin justicia, donde el usufructo del trabajo de las mayorías sometidas y silentes beneficiaba únicamente a la poderosa élite cusqueña encabezada por el Inca, que requería de un enorme ejército para imponer su voluntad. El Inca parecía responder así a la voluntad de los monarcas absolutistas europeos, que ya en tiempos de Carlos I de España o de Francisco I de Francia buscaban consolidar el poder real frente a barones o terratenientes feudales, ciudades libres o campesinos, sometidos o no al señorío feudal. El segundo problema anunciado deriva de dónde y cuándo recogió su información el cronista. Al no tomarse en cuenta estos dos elementos a la vez (Wedin insistió especialmente en el segundo, logrando tal vez una ilusión parcial con las crónicas iniciales), corremos el riesgo permanente 15

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