los siglos XVI y XVII, sino que también son muchos los casos en los que los diversos cronistas coinciden solo gracias al empleo de fuentes de información comunes 3 . De otro lado, se anuncia la posibilidad de reducir las líneas generales de información, de algo más de un centenar de crónicas, a un número mucho menor de fuentes básicas. Interesa sobre todo trabajar al cronista según el lugar y el momento en que recogió su información, ya que ello permite discernir mejor lo que fue capaz de recoger o de ocultar 4 , al mismo tiempo que atisbar al público al que iba dirigida su obra y su personal historia intelectual, pues lo que escribió estaría en mayor relación con estas circunstancias que con el hecho de haberse afiliado (haber sido afiliado, cuántas veces arbitrariamente) a una determinada y tal vez discutible escuela. En una oportunidad anterior (1973, cap. I) llamé la atención sobre la fuente oral común y tradicional que relacionaba a cuatro cronistas que recogieron su información en la ciudad del Cusco: Juan Diez de Betanzos (que terminó su obra en 1557 5 ), Pedro de Cieza de León (quien obtuvo los materiales para la segunda parte de su Crónica del Perú unos años antes, en 1550), Cristóbal de Molina, llamado «el Cusqueño» (quien fechó su relación en 1575, pero que aproximadamente veinticinco años antes había escrito una obra que su texto conocido resumió y que hasta hoy no se encuentra), y aun Pedro Sarmiento de Gamboa (quien terminó su Historia índica en 1572). A pesar de la diferencia de más de veinte años entre los dos primeros y los dos segundos, llama poderosamente la atención la concordancia entre ellos, observable no tanto en cuanto hablan de los «acontecimientos» — correspondientes a una «historia incaica» ordenada más por los mismos cronistas de acuerdo a su evidente etnocentrismo, que no por los hombres andinos— sino en torno al relato de los mitos cusqueños de ordenación del mundo. Es posible que el problema sustancial en torno a las crónicas se desarrolle alrededor de dos equívocos fundamentales: el primero sería considerarlas como fuentes productoras de «datos históricos» para una historia de personas, fechas y acontecimientos, trabajándolas como fuentes escritas; y, el segundo, la credibilidad que es posible atribuir a sus asertos de acuerdo a dónde y cuándo recogieron los informes que fundamentaron sus escritos. Ambos problemas son, sin embargo, de diferente nivel. Al tratar las crónicas como fuente escrita «normal», los historiadores buscaron en ellas una «historia de los Incas» que los biografiase 14
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