Del Tahuantinsuyo a la historia del Perú

Independencia, en un régimen productivo semideficitario a ojos occidentales, pero que permitía el funcionamiento de una agricultura tradicional desdeñada en las ciudades «modernizantes», y que no incentivaba momentáneamente la agresividad especuladora de la tierra. Durante los años primeros de la República, las comunidades andinas no parecen haber perdido tierras en forma significativa. La tierra serrana no interesaba entonces a la burguesía costeña. En cambio, asistimos al reparto de las tierras de la costa, formándose nuevamente un sistema latifundista que eliminó progresivamente los restos de las antiguas reducciones de la región, seriamente dañadas durante la colonia, convirtiéndolas gradualmente en proveedoras de la mano de obra que las haciendas requerían, extendiéndose paulatinamente esta situación a zonas serranas, sobre todo en el norte del país. Si bien no asistimos en los primeros años después de la Independencia al crecimiento voraz del latifundio industrializado, debe notarse en el mismo momento una nueva formación paulatina de las haciendas de panllevar relacionables fácilmente con la vida urbana. Antes de la Independencia, la concentración de mano de obra africana en la costa había desplazado (ocupado el lugar de) a la población andina. ¿Hasta dónde se notaría un nuevo repliegue de esta después de la guerra de la Independencia y antes de la importación de mano de obra procedente del Asia? Nos hallaríamos tal vez, en este proceso que arranca en el siglo XVIII, frente al estallido de una toma de conciencia gestada en los años medios del XVI en la población andina, donde esta, desde los primeros movimientos mesiánicos (Taqui Oncoy), comenzó a elaborar una imagen del acontecer histórico (por más que fuera marginal a las categorías que presidieron la historia en Occidente), que recobró —o admitió— viejas ideas milenaristas para anunciar repetidas veces una vuelta al tiempo anterior. Esta toma de conciencia sería tal vez paralela primero u confluyente (conflictiva) después a la del criollismo urbano y su aristocracia rural, que vieron lesionado y quizás destruido su mundo de privilegios, constituido en los dos primeros siglos coloniales. El mesianismo popular campesino encontró a la mano los dirigentes que descubrieron inicialmente su fermento, que podía darles el respaldo necesario, y que luego hicieron suyo el movimiento, y le dieron categoría revolucionaria cuando «arrastrados por la historia» (revaluando una frase que, de puro usada, casi se ha variado de sentido) hicieron estallar la gran 157

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