Entre 1780 y 1824 se aprecia, pues, una situación conflictiva similar a la anterior a Toledo, generalizada no tanto por la «idea de la Independencia», cuanto fundamentalmente por el hecho de coincidir con una nueva indecisión en las relaciones del mundo andino dominado con los medios urbanos y europeos (criollos) en el poder. Ambos hicieron entonces procesos confluyentes, con situaciones de enfrentamiento visibles, aunque en realidad motivados por razones muy diversas. ¿Asistiremos también entonces a una bifurcación de la economía colonial, frustrada por la guerra de la Independencia? Sabemos que esta permitió redefinir la vida económica en términos similares a los que presidieron los mejores años del monopolio sevillano o gaditano, representado en Lima por el Tribunal del Consulado (aunque evidentemente con destinatarios diferentes). La guerra de 1820-1824 viene a ser en definitiva el triunfo de una «economía nacional», urbana, aduanera, cuyo ingreso interno era eventual y dependió básicamente de la extracción de materias primas exportables (plata, después guano, azúcar, cobre, algodón, hierro, harina de pescado, etcétera, conforme avanzan el siglo XIX y el XX) y de los réditos del comercio de exportación manejado por las ciudades portuarias de la costa y de la sierra, sobre una economía de autosuficiencia generalizada en la vida agraria andina desde siempre, pero que ya no producía excedentes en gran escala, como el maíz y la coca de la época anterior a 1532. En síntesis, la ciudad (hispano-criolla, occidental en suma) venció al campo andino haciendo suya la victoria de 1824, sin establecerse tampoco entonces —de manera similar, si no en la forma sí en las consecuencias, a la época toledana— nuevas vías de relación, (de predominio), sino manteniendo la situación previa a la Independencia misma. Mientras no hubo un recurso exportable en gran escala que reemplazara a los minerales de la colonia temprana (o a la plata del Cerro de Pasco, cuya extracción se destruyó en la guerra) y al tributo (tal vez más efectivo en la colonia que en la República), las ciudades se hundieron en la anarquía empobrecida, con un estado apenas sostenido por las rentas de las aduanas. Mientras tanto, la agricultura de las haciendas de la costa alimentaba y enriquecía a sectores de la burguesía urbana en expansión. Al mismo tiempo, la población de las regiones altas era incluida en los reclutamientos diversos —militares o civiles— que la República inauguró con criterios endémicos para reemplazar a la mita, y escapaba a la voracidad de los comerciantes sumiéndose nuevamente, después de la 156
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