siglo XVII, la población andina pudo generar nuevos medios de evadir el tributo, estos reclaman una investigación aparte. El problema se origina también aquí por el poco interés que los especialistas han dedicado al análisis de la población rural andina en el mencionado siglo. Es que el siglo XVII casi no ha merecido atención seria, al margen del interés por la vida urbana y administrativa. Siguen siendo pocos los estudios en torno a la población andina, aun teniendo en consideración los trabajos de Lohmann y Whitacker sobre Huancavelica (1946), de Febres sobre los valles de la costa central, las aproximaciones en torno a la situación de la hacienda (Macera), que han abordado problemas relacionados con la población rural, aunque siempre en relación con la administración. Aparentemente, el siglo XII transcurrió, como se dijo, en una paz colonial que sería inadmisible si se consideran los turbulentos años que la preceden y continúan. Jorge Basadre llamó la atención hace más de treinta años sobre esta situación, al observar desde la perspectiva de su estudio sobre el conde de Lemos (1948) la situación andina sujeta a ella. Si pasamos revista a las fuentes conocidas para el XVII, caeremos fácilmente en la cuenta de que sus mejores inventarios nos llevan de la mano a lo que Basadre llamó alguna vez una «historia de España en el Perú». Una vez pasada la vorágine de los tiempos posteriores a la invasión y establecido el régimen administrativo colonial con sus mecanismos de control y exacción clarificados (tributos, mita, reducción, evangelización), los mismos españoles y los criollos en convergencia cautelosa dirigieron su interés a la incorporación marginal al mundo occidental. Tal vez ello sea un elemento que permita comprender mejor un cambio tan fundamental como el que significa la generalización de la crónica conventual (Bernardo de Torres, Calancha, Ramos Gavilán, Salinas y Córdova, Córdova y Salinas, Meléndez...), donde se fue dejando de lado la experiencia personal de la conquista y su leyenda, para crear en cierto modo una imagen que utilizó el asombro en torno a lo maravilloso y ejemplar, producto de la evangelización, generando nuevos martirologios y un auge del milagro que tal vez buscó emular la literatura hagiográfica posterior a la expansión del cristianismo por las órdenes monásticas en Europa. Los inventarios de la realidad andina variaron sustancialmente. Superadas burocráticamente las discusiones en torno a la naturaleza de los pobladores americanos, sobre el servicio personal y la mita, sobre los «fueros» de la población andina en general, la mecánica informativa se 152
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