Matienzo menciona. Recordemos las disposiciones de Vaca de Castro para regular el servicio de los tambos y la mita específica que estos determinaron durante mucho tiempo después. Caminos y valles bajos fueron así abandonados por el hombre andino en cuanto esto era posible. La deserción de los tributarios, denunciada sistemáticamente por los funcionarios españoles, no era entonces como ellos creyeron una simple fuga de la evangelización, ni de la «civilización» impuesta, sino que se trataba de un medio de poner distancias frente al tributo, a la mita y al servicio personal primero, así como a la venta forzosa de bienes europeos después96. La desestructuración, de la que ha hablado Nathan Wachtel (1971), incluye también este conjunto de problemas. La invasión rompió no solo el acceso a los recursos y a la redistribución de los mismos, haciendo que el poder español no reemplazara, sino en parte, al poder andino anterior. Lenta fue, sin duda, la restructuración de las relaciones entre los pobladores andinos y sus disminuidos señores étnicos, así como entre población y poder central. Más importante aún es estudiar la situación real del poder colonial, frente a una población que rebasaba — rehuía— sistemáticamente los medios de control impuestos por la corona. Mientras duró el siglo XVII, la puna siguió siendo casi siempre un refugio seguro, y también el movimiento ilegal de la población (los llamados «forasteros») ayudó en parte a esta tarea de resistencia, no siempre pasiva. La reacción de la población andina ante la violencia que la invasión le significaba no fue, entonces, simplemente pasiva como las crónicas aseguraron. No fue el poblador andino indolente ante la presión, sino por el contrario su estupor fue activo, y se manifestó en muchas y diferentes maneras, y no únicamente bajo la forma de la rebelión armada de Manco Inca en 1536, que significó un cauce lógico de la reacción inicial contra la invasión. Los habitantes del área andina lucharon también y antes contra el Tahuantinsuyo, y a favor de los españoles, reclamando incluso su condición de aliados de estos, y los derechos que podían derivarse de esta situación, oponiéndose al establecimiento de autoridades coloniales de la misma forma como habían ayudado a los invasores para oponerse al Cusco, recordando a la corona los servicios prestados en gente y bienes, que ejemplarizaban su colaboración. Llegaron hasta el rey de España, insistiendo no solamente en su condición de aliados, sino actuando en buena cuenta como acreedores de la corona. Solo así se explica que Felipe Guacra Páucar (hijo de Jerónimo Guacra Páucar, curaca de Lurin Guanca) viajara a España reclamando privilegios, exoneraciones tributarias y una 143
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