Del Tahuantinsuyo a la historia del Perú

cambió de forma, aunque fue constante. He opinado en otra oportunidad que no es posible la vinculación simple o directa del movimiento del Taqui Oncoy (con sus variantes) con los incas de Vilcabamba, basándome en que el movimiento mencionado no consideraba una «vuelta del Inca» en términos específicos. Su «vuelta al pasado» estaba marginada del culto solar estatal, desde que entre las divinidades cuya ayuda se solicitaba para vencer al dios de los cristianos, no figuraba el Inti de los incas del Cusco, ya vencido por aquél (Pease, 1973, pp. 74-75). La resistencia supuso, entonces y a partir de Toledo, un amoldarse en lo posible a la vida europea, lo que suponía medios sutiles de defensa contra la explotación de las ciudades y de sus hombres. Los señores étnicos fueron progresivamente transformados en funcionarios de la corona española. Su eficacia era indispensable para el mantenimiento de sus propios cargos y prerrogativas, modificadas desde luego por la situación colonial. Y ello condujo sin duda a un distanciamiento clasista de la población andina, diferente a cualquier otro anterior a la invasión europea, donde los señores aculturados accedieron más y mejor a la moneda y a la riqueza occidental, bajo patrones urbanos asumidos a medias94, mientras la población se diluía y pauperizaba en la mita, el tributo y el empobrecimiento de la tierra que alcanzó mayores proporciones conforme su reducción obligaba a menores intervalos de rotación, sobre todo en las zonas más cercanas a las ciudades y a los caminos. Estos, que habían sido garantía de riqueza en tiempos anteriores, al mismo tiempo que medio de reunión de la población, se transformaron en seguridad de expoliación y de aislamiento. Vivir cerca de ellos significaba estar a la mano de los agentes fiscales de un tributo jamás comprendido 95 , una puerta abierta a la fuga sin remedio de los recursos económicos. El camino se vinculaba también con la mita y la pérdida de recursos humanos que ella significaba a plazos largo y corto, por encima y tal vez al margen de las leyes. Craig Morris llamó la atención (1973, p. 132) sobre la facilidad con que se despoblaron los establecimientos ubicados a lo largo del camino del Inca. Ya en 1567, Juan de Matienzo precisaba que «por temor de las guerras civiles que en este reino ha habido [los pobladores andinos] se han pasado a vivir fuera de los caminos y despoblado los lugares que estaban en los tambos» (1967, p. 49). Esta no fue sin duda la única voz de alarma ante un problema tempranamente presentado, ni tampoco la única causa del problema la que 142

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