enviados por la administración española introducían a la fuerza en el campo, a través de los repartos forzosos de mercaderías, por ejemplo. La dominación de las ciudades se hizo más evidente, a la par que su historia se distanciaba cada vez más de la vida andina rural. Sin embargo, es necesario recordar que la «incorporación» de las minas y de las haciendas a un mundo andino «urbanizado» es relativa y parcial, toda vez que se trata de una población en dependencia conflictiva. La incorporación funcionó desde el medio dominante. ¿Hasta qué punto, por ejemplo, podría incorporarse a los obrajes —que recogían una vieja experiencia textil andina— a un mundo urbanizado a pesar de que servían a intereses coloniales, salvo en la ruta de las rentas urbanas? Es evidente que una discusión entre «vida urbana» y «vida rural» es también parcial, porque la amplitud de las categorías urbano y rural se aúna a una cierta imprecisión. Muchos de los medios urbanos construidos por los españoles no fueron «ciudades» sino en una forma restringida, vivieron siempre hasta el presente siglo bajo criterios fácilmente confundibles con los rurales andinos, carecieron de una iniciativa propia de vida urbana. Casi se puede decir también que las reducciones —y las ciudades de la sierra en general— ni obtuvieron nunca una categoría urbana total, sino que prevalecieron en buena cuenta en ellas los criterios de organización tradicionales en los Andes. La ciudad colonial fue entonces, en buena parte, una caricatura de la ciudad europea, y tal vez solo tuvieron categoría propia los puertos y los medios urbanos vecinos a ellos, a través de los cuales se ejercía el control sobre el Perú colonial (Macera). Los especialistas en procesos de urbanización en América Latina consideran, con razón, que este era un continente rural a comienzos del siglo XIX; Hardoy (1972, II, p. 157, referencia a Carr Saunders, 1939) asignó para entonces un 10% de población urbana sobre un total de 18.9 millones de habitantes. Nicolás Sánchez-Albornoz recuerda que, para el caso peruano, Lima —la ciudad más poblada entonces y ahora— tenía 101 000 habitantes sobre una población total de 2 622 000 para todo el país: «Que las capitales fueran pequeñas no afectaba demasiado a la urbanización en general. Las grandes sedes políticas no primaban como ahora, no deprimían de resultas las demás ciudades» (Sánchez-Albornoz, 1973b, p. 208). Solo Lima pasaba los cien mil habitantes y solo dos ciudades se encontraban entre los diez y los veinte mil. Cabría, sin embargo, tener en cuenta la situación de esta población urbana minoritaria. Desde fines del 140
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