Cuadernos trimestrales de poesía Tomo V

Richard Cacchione Amendola / César Corcuera García (editores) XX A Estancia de la voz siguieron Documentos de hermanos, Constancia del gesto, Moisés y los peregrinos, Ingreso al valor, (…). El tiempo se encargó de dispersarnos por distintos caminos, y fue sólo en diciembre de 1950 que reiniciamos la publicación, ya formado el Grupo en esta ciudad, con Wilfredo Torres Ortega, Horacio Alva, Carlos Berríos, Héctor Centurión y Marco Antonio Corcuera, alrededor de las aulas bolivarianas que habían visto florecer al Grupo Norte, tan rico en tradición. Bajo este signo apareció la primera entrega de la segunda época: El mar y sus palabras, que fuera recibido por José Eulogio Garrido con estas frases: «Y el título, más que la calidad misma del Cuaderno, está revelando que, quienes lo escribieron y lo han lanzado al viento, tienen que hacer y que ver con la poesía. Y así tiene que ser, porque sólo gentes, o entes con esa tara, pueden tomarse el derecho de atribuir palabras al mar, sin su autorización. Y si el mar no está protestando, que yo sepa, será o porque no ha tenido tiempo de enterarse o porque las susodichas palabras no le han parecido mal. Y si el mar no está protestando, menos lo haré yo que soy menos que nada…». A este «hito inicial en trance de perennidad, sembrado en el clima nutricio de la voz», siguieron: Vértice del canto, Sendero junto al trino, Magnitud de entrega, La voz del espejo, Entre el alma y el tiempo y cincuenta títulos más. En Cuadernos han escrito casi todos los poetas vivos del Perú, de generaciones tan distantes en el tiempo como las representadas por Alberto Ureta y Beethoven Medina, y poetas tan valiosos de otras latitudes como Carlos Castro Saavedra, Adalberto Ortiz, Juvenal Ortiz Saralegui, Gerardo Diego, Leopoldo Panero, Pedro Mir, Germán Pardo García, Nicolás Guillén, Marcel Henner. Cuadernos ha rendido homenaje a Luis Valle Goicochea, finísimo y tierno poeta liberteño, dueño del diminutivo y del amor infantil, a Gabriela Mistral, la única nobel americana, maestra entrañable y cantora de la vida y de la muerte; y a José Gálvez, poesía floral que humedeció con sus versos el alma nativa del país; «voces que recoge y conserva el tiempo para darles perennidad de vida y fijarlas, definitivamente, en el amanecido corazón de América». A César Vallejo, en el vigésimo aniversario de su muerte, le

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