Mateana Murguía: Una escritora escribe sobre otras 362 Landázuri, Esther Tapia de Castellanos, Gertrudis Tenorio Zavala, Rosa Carreto, Clotilde Zárate, Manuela Verna, Ana Ossaye, Rita Cetina y Gutiérrez y María del Pilar Moreno”.2 En atención a la gacetilla de 1874 tendríamos que añadir a esas listas los tres nombres referidos. En este punto, como en tantos otros, las fuentes bibliográficas del siglo XX son insuficientes: es imperioso acudir a la historia de lo cotidiano, que es la prensa, para seguir las huellas de las escritoras decimonónicas mexicanas. Y una muestra de que esa arqueología hemerográfica es medular se vincula con la gacetilla. Cuando fue publicada, el encargado de las noticias nacionales y extranjeras de El Siglo XIX era Agustín Fidencio Cuenca, un muchacho de veintitrés años que casi un mes antes había comparecido ante un juez para informar la muerte del hijo de dos poetas: Manuel Acuña y Laura Méndez. En 1877 Cuenca contrajo matrimonio con Méndez. Posteriormente, ella publicó artículos periodísticos, cuentos, ensayos, una novela y poemas, estuvo al frente de la sección literaria de un diario, editó otro en Estados Unidos y tuvo a su cargo la representación de México en congresos internacionales relativos al magisterio, pues también era profesora.3 Cuenca no alcanzó a ver tal despliegue de talento – murió en 1884–, sin embargo, durante la década que compartió con su esposa pudo atisbar algo de su trabajo poético. Así las cosas, resulta incomprensible el tono fustigador, amonestador, con que comentó el nombramiento de socias recibido en 1874 por tres mujeres tan jóvenes como él. Aquello podía ser “mera galantería”, escribió, “tan refinada como perjudicial”. Si las personas recién admitidas en la Sociedad La Concordia hubieran sido varones, ¿habría dudado de su talento sólo porque no conocía su obra?, ¿habría sugerido que el nombramiento podía ser apenas una galantería y no una distinción merecida? Por lo demás, ¿a quién y cómo perjudicaría esa supuesta galantería? Esa arbitraria mirada al sesgo, esa vacilante forma de valorarlas fue refutada por varias escritoras en el siglo XIX; una de ellas era, precisamente, Mateana Murguía. II. Mateana Murguía: literatura y magisterio A Mateana una colega y amiga la describió como una mujer de “despejada inteligencia y […] afición al estudio […]. Estudiar y aprender siempre es su norma”, concluyó.4 Otra señaló que “con su habitual sonrisa y dulzura se hacía distinguir y estimar”, siendo una “verdadera sacerdotisa de la instrucción”.5 Su disposición al conocimiento, añadieron, la llevó a la docencia y el cultivo de la música, la literatura y, dato llamativo, la práctica de la fotografía.6 Sobre su posible trascendencia, una pluma anónima expresó esto: “es una 2 Alicia Perales Ojeda. Las asociaciones literarias mexicanas, p. 144-146. 3 Vid. Leticia Romero Chumacero. Laura Méndez de Cuenca (1853-1928): nueve estampas en torno a una escritora singular, pp. 17-25 y 41-60. 4 Laureana Wright de Kleinhans. Mujeres notables mexicanas, pp. 365 y 367. 5 María del Refugio Argumedo de Ortiz. “Examen brillante”, en Diario del Hogar, p. 4. 6 Wright, op. cit., p. 368. Entre los cursos ofrecidos en la Escuela de Artes y Oficios para Mujeres, establecimiento donde estudió Murguía, era posible aprender “la composición y fabricación de la mayor parte de los productos que sirven para la fotografía”. Vid. Memoria que el Oficial Mayor encargado de la Secretaría de Estado y del Despacho de Gobernación presenta al Sétimo [sic] Congreso
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