Cartas a mi hijo : psicología de la mujer
-- CARTA· DECIMA QUINTA Aquel precepto divino, y, como divino, tan su– blime y admirable que, por sí solo y en tan pocas palabras puede decirs~ que encie1:ra el Código entero de la Humanidad en sus recíprocas relaciones; aquel precepto evangélico q u·e to-(ios repiten y que muy po– cos curcplen: - 'No hagas a otro lo que no quisieres que te hicieran a tí, en ningún caso debería tener aplicación más perfecta ni ser observado con mayor escrupulos.idad que en las mutuas relaciones del hom– bre y la mujer unidos para toda su vida por el santo matrimonio católico. Rigiendo esa ley de perfecta igualdad" entre los esposos, - salvo ciertas diferencias inevitables que el sexo de cada cual exige., - y obedeciendo ambos de buen grado a esa necesidad de consideraciones re– cíprocas y de reciprocas concesiones, q ne son la base · fun<iamental de toda sociedad bien o ·ganizada, claro está que la paz doméstica no podrá sufrjr jamás gra– ve alteración. Pan,t el logro de fin t~n importante, es al hom– bre, hijo mío, al que toca poner mayor suma de bue– na volunta<i, aunque frecuentemente oigas afirri1ar lo contrario, como que es en sí propio en donde ha, llará mayores resistencias que vencer; pues, ya por lo. ingénitamente despótico del carácter masculino, ya porque acostumbrado él durante el transcurso de largos siglos a considerar a la mujer como a un sér - 89 I2 •
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx