Cartas a mi hijo : psicología de la mujer

Cartas a mi hijo Basta .meditar por cortos instantes en la gran– deza y sublimidad de los sacrificios que las severas cuanto sabias leyes de la Iglesia Católica imponen al varón abnegado que voluntariamente toma la cruz y echándola sobre sus hombros, se dispone a seguir las huellas del Hombre Dios, para comprender que no sólo es preciso estar dotado de lo que se llama . verdadera vocación, para entrar en tan espinosa vía, sino que, para perseverar santamente en ella, se ha menester del auxilio de la Gracia celestial, sin la cual le sería al hombre imposible cumplir de modo digno la augusta misión de representar en la tierra a la Divinidad. Aquel que es capaz de ejercer como es debido tan excelso ministerio; aquel que tiene la fuerza ne– cesaria para dominar, no solamente todas las malas pasiones que bon inherentes a la naturaleza h11mana, sino hasta aquellos afectos que, naturales y legítimos en los demás hombres, le están prohibidos en lo abso– luto al que ha hecho solemnes votos de humildad, de pobreza y de castidad; aquel, en fin, que, por decirl6 así, es capaz de despojarse de su vestidura carnal para vivir con la sola. vida del espíritu, realizando el tipo perfecto del sacerdote católico; es, un sér tan elevado, tan superior al ínfimo círculo en que nos agitamos y vivimos el común de las personas, que, ante la esperanza, siquiera sea muy remota, de que llegaras a ser tú uno de esos. raros elegidos, siento palpitar mi corazón de inmenso gozo. Porque el sacerdote así, es un sér intermedio entre el angel y el hombre; y aun no vacilo en decir que es superior al primero, por cuanto tiene que luchar con los instin– tos propios de su humana naturaleza y salir vence– dor en el combate. Pero esa felicidad que vislumbro, con ser tan grande, no se compararía jamás, Carlos Adolfo mío, a · la desgracia infinita que sería para mí, si, errando tu vocación, engafíándote respecto de tus propios sen– timientos, y de las fuerzas con que creerías contar; para vencer las tentaciones del mundo, despertaras de repente de tus suefíos de austeridad y de virtud -67- .,

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