Cartas a mi hijo : psicología de la mujer

Psicología de la mujer das que profesan un oficio que no me atrevo siquiera a nombrar. Y ¿cómo puede hab.er una madre a quien no de– tenga, en el momento de caer al abismo del pecado, el recuerdo de sus inocentes hjjos cuyas puras fren– tes va a marcar con el estigma oprobioso e indeleble de su culpa; cuyas existencias vá a amargar para siem– pre exponiéndolas al desprecio y al l udib'rio de la so– ciedad, que se encarga de cumplir aquella sentencia de que los hijos pagarán las culpas de sus padres? No siempre es dueña una mujer de conservar su inocencia, pero sí lo es de mantenerse siempre pura. Y más digna de elogio será la que guarde in– maculada la flor de su pureza, si su destino la obli– ga a traficar por entre inmundos pantanos. La baja posición social que ocupa,. la inexcru– pulosidad de sus padres, el' contacto con chicos de– pravado·s de uno u otro sexo, ó simplemente la mi– seria que obliga a las familias a vivir en impúdica promiscuidad, marchitan muy temprano la flor de la inocencia en mucha:-; ufrías, que no por esto son impuras. Además, el curso natural de la vida va: fa– talmente enseñando lo que un pudor, tal vez exagera– do, desearía tener oculto por tiempo muy largo en el alma de las jóvenes; y no debemos rebelarnos contra esta ley natural, sino antes bien debemos pensar que, mientras más despejada es la inteligencia de_ una niña, más pronto desentrañará los misterios que la preocupen. La inocencia absoluta sólo puede her– manarse con la tontería. Pero la pureza que rf¼cha- • za toda liviandad, no por ignorancia, sino por digni– dad propia, por repugnancia invencible a todp lo que es material o moralmente feo y asqueroso, como re– chaza el armiño el contacto con el lodo, debe mere– cer todo nuestro re5peto y veneración. Y si la pureza es el adorno·más,preciado de una vírgen, es prenda esencialísima, cualidad imprescin– dible en la mujer casada. Las ligerezas, las coquete– rías que en aquélla pueden pasar como faltas venia– les, como pecadillos sin mayores consecuencias, re– visten en ésta, -gravedad indiscutible. Ser casta es el -235-

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