Cartas a mi hijo : psicología de la mujer

CARTA SEGUNDA No existe, sin duda, bajo la bóveda del cielo, ser más ambicioso que _una madre. Todas las vir– tudes, todas las glorias, todas las preeminencias, todo el genio del mundo, toda la hermosura de la tierra, todos los tesoros del universo, han sido al– guna vez deseados para cada criatura humana por la uujer que le llevó en sus entrañas. Y este sen– timiento, por absurdo que sea en sí mismo; esta am– bición poi: inmoderada que la juzgue la fría razón, no nos causa extrañeza, sin embargo, sino que, bien al contrario, nos pareee hasta natural a los que conocemos las exageN:tciones del amor materno. No te aseguraré, hijo mío, que haya logrado yo sustraerme por completo a esos quimér)cos deseos, al pensar en tu suerte venidera; pero, aunque con– cediéndome en tal o cual fugitivo instante el vagar por los seductores campos de los ensueños y de las i1 usiones, puedo asegurarte con toda la veracidad de que soy capaz, que el voto más ferviente de mi alma, con respecto a tí, la ambición que más ansío ver cumplida, es la de qne seas bueno. Poder, honores, genio, riquezas, todo, todo me inspiraría el más profunclo tedio; todo lo desecharía coó horror, si no había de ir acompañado del bien supremo: la virtud. Y ten por seguro que yo, yo que te amo con todas las fuerzas de mi alma; yo, que daría, sin vaci- - 17 -

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx