Cartas a mi hijo : psicología de la mujer
1/ L. Larriva de Llona que -confirmar la regla. _Y apelo al dictámen de los educacionistas concienzudos: J El amor del hijo a su madre no crece en propor- ción de los sacrificios q ne ella realiza por él. - El niño excesivamente engreído y cuyos capri– chos se satisfacen sin discusión, se convierte bien pronto en el tirano de su madre. Si esta le sirve siempre el mejor bocado; si se priva de un plato, que le es indispensable, para que él saboree una golo– sina, ·o -¡quién sabe!- para que fume un cigarrillo; si . ahorra en su, propio vestido, para que él ande ele– gante; si, más tarüe, deja de asistir a una diversión lícita, porque él vaya a otra, - que probablemente no lo será tanto;- llegará él a persuadirse de que vale más que la que le dió el sér y pronto exigirá explí– cita. o tácitamente, esas preferencias como algo a que tiene perfect_o derecho. Y si me permitís ahondar más en el psicológico estudio, os diré que la falta de cariño y de respeto filial, tiene por origen, frecuentemente, la debilidad maternal disfrazada de amor. La abnegación es una virtud muy fenrenina y muy hermosa; pero como en nuestra flaca naturaleza hasta los mejores instintos pueden convertirse en vicios, cuando se exajeran, en la madre, qne es el sér abnegado por antonomasia, llega a veces el amor a sus hijos, no sólo hasta-el ol victo de sí misma, sino hasta el rebajamiento de su propia dignidad; y ¿cómo podrá pedir a su hijo el cariño, la estimación, el respeto que ella se ha ne– gado a sí propia? ¿Cófno podr:á ejercer para con él, una supremacía, una autoridad, de que ella misma se ha despojado? Nó, hijas de mi alma, no es ·virtud la debilidad; lo es, sí, la fortaleza. Tenemos no sólo el deber de proceder bien, sino la obligación de oponernos, en cuanto nos sea posible, al mal proceder de los demás. Y si éstos son nuestros hijos, la obligación es inelu– dible. No lo olvidéis, vosotras, cuando seáis madres.
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