Cartas a mi hijo : psicología de la mujer
t. Larriva de Llona más desgraciada de la tierra. La joven que desde sus primero's años ha estado siempre atisbando si a su hermana se le compraba mejor vestido, más lindo sombrero, alhaja más valiosa que a ella; y que pasta se fijaba en si se le servía mejor plato en la mesa; al llegar a la pubertad, no comerá, no dormirá, no descansará tranquila un solo instante, con el pensa-– miento de que aquella a quien ha creído siempre la preferida de sus padres, sea asimismo la preferida de la suerte en todo, y alcance antes que ella los home– najes del amor. Y creed q~e empleará todos los me– dios, lícitos o nél, para arrebatarle una felicidad que le ha envidiado desde antes que ella existiera. ¡He a :tlí a las que Dios destinó para carifiosas compañe– ras, transformadas en aborrecidas competidoras! Tal vez habrá 9tros vicios -peores que la envidia; pero de seguro no hay otro tan bajo ni tan degradante como él; y la prueb~ la tenéis en que no hay quien confiese albergarlo en su pecho: -yo soy-muy sober– bia" -yo soy muy iracunda;-yo soy muy pe- - rezosa - son acusaclones que fácilmente oiréis ha- ' cerse a sí mismas a algunas de vuestras amigas; y si no a las mujeres, a los hombres se les oye mu– chas veces, más o menos embozadamente, según las circunstancias, jactarse también, como de una vir– tud, de algun pecado harto vergonzoso y repugnan– te que no quiero ni siquiera nombrar; ·pero a , nadie ni a hombre ni a mujer, escucharéis decir jamás: - Yo soy muy envidioso. Por el contrario, hay quien dice: - Yo tengo todos los pecados del mun– do. menos el de la envidia. Es que instintivamente comprenden hombres y mujeres, que un envidioso · es un sér despreciable; y a todo puede una persona resignarse, menos a ser objeto de desprecio / Desgra– ciadamente para los que adolecen de tal vicio, poco importa que lo nieguen, pues, como la mayor parte de los pecados, sale a la cara y lo denuncia. . ¡A h, hijitas mías, hasta por presunción, recha– zad devuestra alma la ponzoña de la envidia! ¡Si supiérais cómo afea ese innoble sentimiento! Y es natural que así sea, pues la belleza consiste· no só- - 178 -
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