Cartas a mi hijo : psicología de la mujer
L. Larriva de Llon a aunque sí, frecuentemente, trata de usurparle el amor de su marido; y si emplea tanto o más que el hom– bre el arma cobarde de la difamación, no es a las claras, sino O(;Ultando la rabia de que está poseída. Sí, ella llevará el carcaj cubierto de flores para ocul– t.:tr las enherboladas flechas, y al h:tnzarl~s será con · la sonrisa en los labios, como quien se ocupa de un juego inofensivo; o como quien va a hacer una ca– ricia; pero el daño será tan funesto en uno como en ot:.i-o caso, y quizás mas en este que en aquel, púes co– mo la mente se r:esiste a aceptar tan horrible perfi– dia, la víctima se entrega indefensa. El enemigo que ataca con la faz descubierta y a la 1uz del día,- es me– n0s ' terJ:1:ible que el que emboza su ros_tro y hiere en- tre las tinieblas de la noche. . _La envidia es una serpiente que sabe deslizarse arteramente, y así, penetra no sólo en los corazones viles, en donde encuentra ·muy cómodo asilo, . sino que·· osa llegar hasta a algunos inocentes y generosos ¿Os parece esto un contrasentido? Nó, no lo es ¿Aca– so no habéis visto que en el cáliz de la más bella flor, llega a aposentarse un asqueroso gusano, que destru~ irá toda su savia y la matará. en poco tiempo? Así son los estragos qut} esa pasión produce en el alma más noble, si dejamos que por un resquicio logre pe– netrar hasta ella. FácilmBnte destruirá todos los b'ue– nos gérmenes, toda la benéfica savia que la embe– llecía y establecerá allí su maléfico dominio. · Dice Larochefoucauld, en una~e SNS máximas pesimistas que, en la desgracia de nuestro mejor amigo, encontramos siempre cierta satisfa.cción. Esta desconsoladora ~entencia que, por honra de la hµ– manidad no queremos aceptar como regla absoluta, sí es verdadera en las personas a quienes domina el perverso instinto de la envidia. ¡Infame satisfacción, infame dicha la que goza un sér humano a ·costa del sufrimiento de otro sér humano, y más infame aún si se trata de una mujer con respecto a otra, a quien ha dado el dulce título de amiga! Para tal vicio puede decirse que no hay edades. Tanto es susceptible de sentir su punzante aguijón -176-
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