Cartas a mi hijo : psicología de la mujer

L. Larriva de Llona to orgullo se leía en sus ojos velados por dulces lá– grirr).as, al mirar a su joven y linda esposa, ir y venir, •agitarse, regañar a este de ·sus niños, acallar a aquél, desvestir al uno, hacer rezar al otro; y que entre las idas y venidas, y los besos y las amonestaciones, vol vía a cada instan te hacia él el bello rostro son– ríen te como para decirle que en medio de su pobreza era feliz con tenerle a su lado y trabajar para él y para sus hijos!. . . . · . I ¡Dichosa, mil veees dichosa, la mujer capaz de tan noble abnegación y tan meritprios sacrificios, pues ella alcanzar~ tarde o temprano el m--ereci'do ga– lardón; pero rnás dichoso aún, el hombre que supo elegirla para que compartiera con él los días de ven- tura y los días de miseria! · • Si aún no me conformo yo con que las mujeres sean médicas, abogadas, militaras ni juezas, (el femi– nismo va a traer una revolución hasta en la Acade– mia de Ja L~ngua), en cambio, sí me parece muy bien que, después de hab~,r obtenido el diploma de exi- 1nias costureras, cocineras, repo~ras y aun de la– vanderas y a planchadoras, - que deben afanarse en alcanzar hasta las más ricas, por las razones ante– riormente expuestas, - procuren ejercitar sus facul– tades en cualquiera de las Bellas Artes, con la segu– ridad de que si saben elegir, según las dotes y aficio– nes de cada cual, no serán jamás perdidos el tiempo y el dinero que en el aprendizaje se empleen. El trabajo, ya sea intelectual o material es el mejor antídoto contra los vicios. Una mujPr activa, laboriosa, que sin descuidar sus labores domésticas halla tiempo que dedicar a las elucubraciones del es– píritu, es una mujer sana de cuerpo y alma; es decir, que reune en su sér las dos supremas bellezas; por que hay que advertir que, de acuerdo con la eminen– te socióloga y criminalista española, Concepción Are· nal, no quiero yo que por ser mujer de su casa, se crean las personas de mi sexo, casadas o solteras, dispensadas de todo deber para con la sociedad en que viven, para con sus semejantes y para con la Humanidad entera. Nó, yo sé que todos los qüe vi- -172- I

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