Cartas a mi hijo : psicología de la mujer

Psicología de la mujer ción, tenía que vivir oculto para escapar a las perse– cuciones de que era objeto por parte de sus e11emi– gos políticos. Ella, ella sola, que no tenÍa aüu vein– tiseis años cumplidos; ella tan débil, tan delicada, tan tím.ida en su estado normal, tuvo entonces que arbitrarse los recursos necesarios para sostener a su esposo, a sus hijos y a su madre anciana y enferma, y que ~ultiplicarse para atender a los quehaceres de la calle y de la casa. Para todo se bastaba. ¡Po– bre Delfina! Pena -mezclada de gozo me daba el ver– la prE1parar con sus pequeñas y finas manr)S, no acostumbradas a tales faenas, la .comida para to– dos esos seres amados de su corazón, de quienes era la Providencia; peimir y arreglar en seguida a .los 'tres mayorcitos de sus cuatro ángeles, llevarlos ella misma a ·la escuela en q ne se los recibía u por amis– tad, y vol ver apresurada a su casa, para anrnmantar al pequeñuelo y ocuparse en las tareas, más peno– ia~ aún, de coser toscas piezas de ropa, mezquina– mente pagadas por algunos de esos tenderos sin con– ciencia, que se enriquecen a co~ta de los pu l·mones . de las mujer~s menesterosas y vergonzantes! Y sin embargo, nunca se quejó ella: la dulzura de su carácter, no se desmintió ni un instan te con tan duras pruebas; y más de una vez, al ir 3, su casa,. oí desde la puerta de la calle su pura y argentina voz, - esa voz que había sido el en can to ,le sus ad– miradores, - entonando alguna cavatina de sus ópe– ras favoritas, mientras trabajaba; o cantando para hacer dormir a su niño, alguna de esas tierrrns coplas que todas las madres sabemos y que todos los niño~ entiernlen desde la cuna. Por fortuna, el marido de ])elfina era un jovefü de mérito real y supo comprender y estimm· debida– mente los sacrificio~ de su noble esposa. Trataba él de ayudarla en algunas de esas faenas, y con– movía el mirarlo desempeñarlas, con la torpeza na– tural en quien jamás se había ocupado de cosas se– mejantes; pero con la buena voluntad que su amor Y gratituq hacia su ideal compañera, le prestaban. ¡Qué in~enso amor, cuánta ternura, y qué san- -171-

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