Cartas a mi hijo : psicología de la mujer

L. Larriva de Llana na, en que aquella es un auxiliar poderosísimo, pero por lo general pasivo. Repítese todos los días y en todos los tonos, por escritores masculinos y femeninos, cómo debe de ser la mujer para hacer la felicidad del hombre, y se dis– cute con la más loable insistencia entre los filósofos y moralistas, - también de arribos sexos, - sobre los medios de llegar al más alto grado de perfecciona– miento de la más bella mitad del Género Humano, . sobre todo en lo que atañe a sus relaciones con la otra mitad. Justo es que nosotras digamos, a nue~– tra vez, cómo deseamos, cómo necesitamos que sea.n aquellos de quienes depende nuestra subsistenc1a material y nuestra vida moral: y que no pocas veces deciden de nuestra suerte eterna, tal es el influjo qGe un marido bueno o malo puede ejercer en el al– ma de la compañera de su existencia!. . . Y ¿ qujén mejor que una madre, jnspirada por el más santo de los carifios de la tierra, y ayudada por su experien- ~ ' cia, podrá aconsejar a su hijo e inculcarle los sanos preceptos de la moral y de la religión, que no olvida– rá nunca, si quiere conseguir su propia dicha y la de los seres que de él habrán de depender? Lá enseñanza maternal que recibe el niño en los primeros años de su vida, ejerce siempre en él su benéfico influjo; y aun en medio de las más azaro– sas luchas, y de las penas y los dolores que son el lo– te de los desterrados en este valle de miserias, expe– rimenta siempre aquel que no ha perdido toda no– ción del Bien, un dulce consuelo al recordar la sen– cilla fe de su niñez inocente. El hombre más des– creído, si ha _tenido por fortuna una madre piadosa, -8- /

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