6 Presentación ¿Dónde se guardan los cantos? ¿En qué lugar de nuestro ser, de nuestra memoria, de nuestro corazón? ¿O estarán ahí, flotando en el aire, a la espera de que los llamemos para volver a vivir? Desde la infancia, la música nos va moldeando, tanto por sus palabras como por su melodía y su cadencia. Mientras más variados sean sus ritmos y variaciones melódicas, más intensa será la riqueza de contrastes y colores que se imprimen en nuestro ser. Entonces comenzamos a reconocer las voces de los instrumentos, las sutilezas de los caminos melódicos y, si no entendemos el idioma de la letra, incluso podemos aprender una lengua nueva… un reto maravilloso. Lo que entra por los oídos de un niño o de una niña, y resuena en su espíritu, no se borra nunca. Al elegir las canciones que conforman este libro, pensé en todas aquellas que se han perdido en el olvido. Las que han sobrevivido lo han hecho porque fueron compartidas, cantadas una y otra vez, escritas o grabadas, transmitidas de generación en generación. Algunos tendremos la suerte de oírlas en las voces de nuestras abuelas, de nuestras mamás y papás, de nuestros hermanos y hermanas mayores, o de maestros y maestras que nos muestran —con más o menos complejidad— el camino amplio de la música. Y así siguen las canciones viajando en el tiempo, cruzando la tierra abierta… pero si nuestra voz no las alimenta, se extinguirán como el fuego de un candil sin aceite. Gracias a las voces de quienes las recuerdan, nuestras canciones siguen volando, porque ni el tiempo —incapaz de detener la memoria o la música— puede impedir que vuelvan a vivir cuando las cantamos. Pepita García-Miró
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