Boletín de la Biblioteca Nacional N° 81 84
pero la mente apenas medita. Como en el "mundo feliz" de Huxley o en las fantasías de OrweH, hoy a distancia, sin que lo notemos, desde una cabina elec- trónica de estila y diseño especial, alguien alimenta nuestros deseos, nuestros sen- tidos, nuestras apetencias, nuestros pensamientos, en una forma masiva, tremen- damente invasora de nuestra conciencia y de nuestra autonomía personal. Re- cibimos pensamientos, noticias, ideas, imágenes, novelas, espectáculos enlata- dos masivos, y que sobre todo se reproducen en un ser que mira, que oye, que se embota frente a una pantalla, o un parlante, sin que su propia mente se aper- ciba siquiera de la manipulación invisible y poderosa que está sufriendo. El libro, en cambio, en contraste con la televisión o Ja radio, es un proceso de enfrentamiento personal con un texto que sólo le habla a uno mismo, a quien lee, y que produce en quienes de él se alimentan reacciones diferentes. diversas, tan distintas como las mentes mismas que están leyendo. El libro no tras~ mite una sensación o una imagen sino una reflexión o un concepto, obliga a la mente a actuar, a pensar, a imaginar por si misma, es un medio de comunica- ción necesariamente fecundo y creador, mientras que la televisión es un medio generalmente esterilizante y embrutecedor, porque no exige nad:a y lo da todo re- hecho, enlatado, uniforme, masificado. ¡Qué honda significación y cambio se esconden en los siguientes hechos apenas percibidos por las masas! Nuestro escritor más prestigiado y brillante, Mario Vargas Llosa, con todos sus éxitos literarios como novelista, autor tea- tral y articulista, como maestro supremo de las letras, de pronto, vemos que ahora consciente del cambio, se inclina también ante la diosa hoy universal y tremenda de la televisión para entregarse a ella como productor y autor de programas te- levisivos. ¿Es qué a Vargas Llosa le parecen insuficientes, sus novelas traduci- das a doce lenguas, sus artículos hebdomadarios de "Caretas" o sus incursiones en la página editorial de "El Comercio", para rendirse también él, cima de la palabra escrita, ante el altar insondable de Ja pantalla chica, del nuevo Molocb que también a él lo devora?. ¿Qué son los cuatro mil lectores que acuden diariamente a las salas de la Biblioteca Nacional, y los otros dos mil escolares que acuden a las sahls de la Biblioteca Piloto "José de San Martín", frente a lós dos millones de limeños que ven a una hora u otra televisión todos los días? ¿Qué ha pasado me pregunto, desde mi generación del 54, que consideraba un placer leer, con la generación de nuestros hijos, de nuestros jóvenes de 18 a 20 aQos, a quienes en la Univer- sidad hay que impulsarlos a leer con "lecturas obligatorias": de libros, separa- tas y pruebas prácticas de lo leído, etc.? ¿Quiere decir que el libro ya no es una fuente de placer sino una fuente de tortura para que haya que obligar a alguien a leer, como si se le sometiera a un castigo?. No dudo que los medios de comunicación de masas bien utilizados pue- den educarnos, pero siendo como son hoy, aludes de publicidad consumista y de enlatados seudosentimentales, simplemente nos estupidizan. Esta reflexión quizás demasiado larga era indispensable para poder en- trar en materia en la política que queremos imprimirle a la Biblioteca Nacional a partir de 1981. Sólo siendo conscientes de la coyuntura social y cultural en que nos movemos, podremos contribuir con éxito al renacimiento de la Biblio- teca Nacional, hoy en opinión de políticos, intelectuales y ejecutivos totalmente venida a menos.
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