Boletín de la Biblioteca Nacional N° 8
457 tula", (v. abajo N9 12), o el otro, no registrado en aquel catálogo, de Barto– lomeo Anglico. No carece desde luego la Biblioteca Nacional de obras de gran interés bibliográfico; a ellas agregaré por ahO'ra sólo el Psalterium Octa¡jlum de Giustiniani, no mencionado por el mismo Fuentes. Es bastante probable, por otro lado, que varias personas hayan podido to– mar por verdaderos incunables las reproducciones. en fac-simile de libros impre'– sos españoles, editadas por la Huntington Library: la' perfección de dichas imi· t&ciones es tal, que explica como no pocos hayan podido dej arse engañar por , las apariencias. En todo caso trátase de edicioneS' hechas en un muy reducido número de ejemplares, y por lo ta~to valiosas por si mismas además de utili· simas; y es una verdadera lástima que la mayór parte de ellas hayan suírido daños irreparables. De las consideraciones hechas haBta ahora se deriva que esta lista no es el resultado de una selección, pero tampoco podría considerarse como debida ente– ramente al acaso. Uno de los criterios que me han guiado ha sido el de no incluir, por ahora las obras, (especialmente algunas que abarcan muchos tomos), de las cuales es razonable esperar hallar las partes que todavía faltan. Entre estas so– bresalen dos importantes series de tomos: "Antiquité expliquée" de Bernard de Montfaucon y la Geographia Blaviana, en edición castellana. En la preparación de las fichas - reproducidas, con otros datos, en la lista - he tratado de proceder de acuerdo a los criterios adoptados por el Depar– tamento de Catalogación, y en todo caso me he esforzado de poner en ellas to– dos los datos interesantes, en vista de facilitar el trabajo a quien deberá redactar las fichas definitivas para el catálogo. Sólo a propósito de los nombres de autores antiguos me he permitido se· guir un criterio personal. Según éste, para todos los autores griegos y latinos más conocidos, debería mantenerse la forma castellanizada de su nombre toda vez que evidentemente no podría escribirse de otra manera sin afectación; por ejemplo, es Catón y no Cato, Esquilo y no Aeschylus o Aischylos, Salustio y no Sallustius, Virgilio y no Vergilius, Jenofonte y no Xenophon. Esto, no sólo por la conveniencia práctica, de facilitar la consulta del catálogo, sino porque el sis– tema del nombre latino, especialmente en el caso de autores griegos y orientales,' por un lado ni siquiera ofrece las ventajas de una verdadera transcripción científica, y por otro, mientras es conforme a la naturaleza del idioma inglés, que adoptó las formas del nominativo si~gular latino, no lo es a la del castellano, en el cual por un desarrollo histórico espontáneo las palabras de origen latino se derivaron de la forma del "caso objeto". Por consiguiente, este criterio debería aplicarse, me parece, también a los nombres de autores árabes, que tengan una forma castellana tradicional, y también a los otros orientales, conocidos en Occidente a través de una latinización de su n?mbre (desde luego: Confucio, y no Confucius; con envíos si se quiere, de K'ung fu·tzu, o Kwan. F 00 - Tsze, etc.). Del mism~ mod<>, para los humanistas de los siglos XV y XVI he prefe– rido la forma castellanizada, pero en ciertos casos la latina, del nombre "huma– nístico", colocando, sin embargo, entre paréntesis la forma original. En cambio, a partir del siglo XVII, he mantenido como lema el apellido francés. alemán, etc.,
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