Boletín de la Biblioteca Nacional N° 8

399 mosa biblioteca, y a esos efectos se puso a contribución, junto a la ayuda ofi– cial, la de los particulares y entidades privadas. De este movimiento de sincera y espontánea solidaridad con los intereses espirituales del pueblo peruano es resultado el conjunto de 12,000 volúmenes que acaba de ser entregado, en una sencilla ceremonia, al representante diplo– mático de la nación destinataria, que contribuirá a reponer el mermado tesoro de su Biblioteca de Estado. Pero más que el valor que en tal sentido pueda re– prestmtar 'ese nrodesto contingente, quisiéramos que el Perú viera en él una nueva muestra de nuestra fraternal simpatía y de nuestro posit}vo interés por cuanto pueda concurrir a su bienestar y a su progreso material e intelectual. Por 'lo de– más, al proceder así, no hac~mos sino continuar fieles a fuertes vínculos de amis– tad que vienen de lo más hondo y remoto de nuestra historia, y que aparecen reforzados aún por ese sentido de la unidad americana, hoy más vivo que nunca en las relaciones continentales. "La Nación". DISCURSO DEL DIRECTOR DE LA BIBLIOTECA DE BUENOS AIRES Excelentísimo señor embajador del PQrú, Señores: Pocas tareas han de encomendárseme, tan fáciles, gratas y horirosas, como ésta, de deciros, señor embajador, cómo son nuestros sentimientos, de cordiales y amigos. De lo que el corazón está lleno, habla la boca fácilmente y no necesita la frase de adornos retóricos, para manifestar sentimientos y pensamientos recios y claros y el expresarlos así, con la espontaneidad con que nacieron, produce en el ánimo, una gratísima sensación de bienestar espiritual. Ved entonces, 'cómo es verdad lo que digo y creed también, que siento ca– balmente la honra que me dá esta ocasión al manifestar con el mío, el sentir de mi pueblo hacia el vuestro y de entregaros en prenda, una prue1;Ja real. Cuando hace dos años,. en el incendio que destruyó la Biblioteca Nacional de Lima, se perdió el inestimable tesoro que eran sus libros venerables, el dolor del Perú tuvo en la Argentina repercusión exacta y la Argentina apreció justa– mente la magnitud de la pérdida que significaba el desastre. Por el fuego y por el agua se perdieron para el conocimiento universal do– cumentos irreemplazables y antiquísimos libros, cifra y compendio de esfuerzos seculares y de anlOrosa dedicación; perdió la investigación una veta de inagota– bles hallazgos y satisfacciones y se cerró a la cul~ura, cegada injustamente, una de las fuentes hibliográficas más puras de América. En aquel deplorable Auto de Fé del destino el Perú primero, luego Amé– rica, perdieron uno de los monumentos indicativos de su fuerza espiritual. En nuestro país, al primer momento de estupor y de pena que originó la pérdida, sentida como propia, sucedió de inmediato el de la acción orientada para la ayuda en la ardua tarea de reparar en lo posible lo destruído. La Bibliotec~ ~acional de Buen'os Aires, como es razonable suponer, debía

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